EL LABERINTO DE MINOS













Minos decide alejar de su tálamo esta infamia y encerrarlo en una mansión intrincada, en una morada tenebrosa. […]
Luego que Minos encerró allí la doble figura, de hombre y toro, y derrotó al monstruo, dos veces cebado con sangre actea, el tercero de los contingentes sorteados cada nueve años, y una vez que con la ayuda de una joven la difícil puerta, que jamás antes cruzó nadie dos veces, fue encontrada rebobinando el hilo, al punto el hijo de Egeo raptó a la hija de Minos, largó velas rumbo a Día, y en aquella playa abandonó, cruel, a su compañera. […]

Ovidio
«Metamorfosis» Libro VIII: El laberinto-Ariadna









MUJER DE HUMO
Soy mujer de humo.

A media noche
Mi cuerpo es una espiral gris
Que se deshace en el aire

En mi estómago se almacenan las emociones
Con que el día me ha alimentado
La sensación de que en algún momento me perdí
Y que ahora paso el tiempo
Intentando juntar trozos de mí

Muestro al mundo una identidad
Que cada día debo inventar
Piso las horas y las cortinas del sol
Con pasos firmes
Pero soy un amasijo de confusiones

¿Quién es esta extraña que habito
en habitaciones cómodas y sosegadas?
¿De qué miedos me evado pretendiendo que vivo
Luciendo apenas la vida sobre los hombros
Como una cobija para ocultarme de la muerte?

¡Sírvanme vino!
Aparten de mí estas certezas mortíferas
Que me cercan como carceleros fantasmas.


Gioconda Belli
«Mi íntima multitud»







Miércoles, 26 de septiembre de 2012

No me faltan el aprendizaje y el juicio,
y siento no haber conseguido un empleo en el gobierno.
Los examinadores frustraron mi deseo
y decidieron exponer mis faltas y debilidades.
Es, sin duda, mi destino.
Sin embargo, intentaré tomar el examen nuevamente este año.
Un niño ciego que apunta al ojo de un gorrión puede tener suerte.
Han Shan, Poesía Zen

Suena el despertador, son las siete y media, odio madrugar. Me levanto con una extraña sensación, me tambaleo al caminar y me siento aturdida, el perro lo nota y está inquieto, no sé que me pasa pero presiento que algo va mal.
Sé que mi madre ya está levantada, así que la llamo para que me recuerde que no sea tan aprensiva, que no será nada, como siempre. Pulso el botón del móvil con su nombre y cuando me pongo el teléfono en la oreja izquierda descubro que no oigo el timbre de llamada, ni su voz al otro lado de la línea telefónica. No oigo absolutamente nada.

Llevo una semana en Arcadia, y a pesar de su idílico nombre aquí no reina la felicidad, ni la sencillez, ni la paz en armonía con la naturaleza; más bien todo lo contrario, demasiados coches y gente en pocos metros cuadrados, es como un termitero lleno de ruido y contaminación, todo me parece hostil. Este curso la administración me ha destinado aquí y he alquilado un apartamento ya que queda lejos de casa para viajar a diario. De paso he traído a Beato, mi perro, para que me haga compañía. Es un precioso perro de agua color chocolate. Me quedo aquí desde el domingo por la noche hasta el viernes al mediodía que vuelvo a casa como una flecha de fuego.
Soy profesora de educación física, un trabajo corriente al que llegué, aunque cueste creerlo, de forma extraordinaria. Estoy en lo que llaman Expectativa de Destino con mayúsculas, porque realmente me tienen a la expectativa cada año y juegan con el destino de mi vida sin la más mínima preocupación por lo que me pueda pasar. A día de hoy parece que, además, no te puedes quejar, porque en plena crisis económica el simple hecho de tener trabajo, sea en las condiciones que sea, y quejarte de ello, es visto por la mayoría como una ingratitud, lo que nos está llevando a unas condiciones laborales cada vez peores y a una devaluación del trabajo y de la vida que, en algunos casos, roza la esclavitud.
Pues bien, volviendo al tema, llevo en expectativa de destino cuatro años, desde que aprobé la oposición contra todo pronóstico en el año 2008 tras ocho duros años como opositora, que no se los deseo ni a mi peor enemigo. Ya nadie contaba con que aprobara la oposición algún día, ni siquiera yo, después de tantos años y de las pocas plazas que había. Pero en el año 2007 cambiaron los exámenes de acceso. Durante dos años hubo lo que llamaron el sistema transitorio de acceso al cuerpo docente, por el cual se cambiaban las pruebas y se puntuaban en mayor medida los años de antigüedad trabajados, para que los interinos que llevaban muchos años trabajando pudieran aprobar la oposición de una vez por todas; algo así como una consolidación de empleo. Fue el logro de una larga lucha sindical. Se suponía que este cambio también me perjudicaba porque yo no era interina y no tenía puntos de antigüedad, por lo tanto decidí gastarme seiscientos euros en cursos de formación para cubrir el baremo de dicho apartado al máximo. Fue una inconsciencia porque seguía sin opciones y mis ahorros escaseaban, pero me tiré a la piscina porque la alternativa laboral que tenía no era mucho mejor. Finalmente, en el año 2008 los astros se alinearon a mi favor, ya que saqué muy buena nota en los tres exámenes y junto con el discreto baremo que había llegado a alcanzar conseguí aprobar ante la mirada atónita de todos aquellos que me conocían.
En esos agónicos ocho años en los que no era ni estudiante ni trabajadora sino esa categoría aparte que es opositora (estado larval, que sólo entienden lo que significa aquellas personas que lo han sufrido) pasaron muchas cosas y mi personalidad cambió radicalmente como fruto de las experiencias que me tocó vivir.
Cuando acabé la carrera a los veintiún años era una chica un poco ingenua, inmadura, de carácter relativamente alegre y sin problemas económicos. A partir de este momento todo empezó a cambiar. Mis hermanas y mi novio acababan de aprobar la oposición para ser profes y ya estaban trabajando, sólo faltaba yo, que por un designio familiar también tenía que opositar a pesar de tener la cabeza llena de pájaros respecto a la interpretación, el cine y el teatro que me apasionaban, pero que nunca tuve oportunidad de experimentar.
Me fui a vivir con mi novio (que pasó a ser mi marido en 2009), ya que él había aprobado la oposición en la otra punta del país. Yo seguí estudiando mi oposición y buscando algún trabajo que nunca encontré. Todavía no sabíamos los tres años tan penosos que nos esperaban por delante, fueron mis séculos escuros, años de decadencia personal, económica y laboral que comparo irónicamente con esa época que vivió Galicia desde el siglo XVI al XVIII.
Por otro lado, vivir a mil kilómetros de mi hogar me sirvió para entender cómo se siente una fuera de su tierra, cuando percibes el rechazo de los demás sólo por ser de otro lugar, esa xenofobia tan arraigada en algunas personas de nuestro país. Un día estaba corriendo en un parque y los perros de una señora, que por suerte eran pequeños, se echaron a mis pies. Cuando le llamé la atención a la dueña, porque casi me hacen caer, respondió vociferando: «¡vuelve pa tu tierra!».
Mientras tanto, en ese momento mi madre y mi padre estaban iniciando su proceso de divorcio exprés después de llevar veinticinco años casados.
Al cabo de los tres años pudimos volver a Galicia gracias al traslado de mi novio. A partir de ahí empecé a ver la luz al final del túnel, ya que poco a poco me fueron saliendo pequeños trabajos.
Durante casi una década en el limbo de las oposiciones pasé apuros económicos, viví numerosos problemas familiares, trabajé de socorrista, monitora, técnica deportiva y me presenté a múltiples exámenes de oposición con el único propósito de conseguir un trabajo del que poder vivir con cierta estabilidad.
Todas estas experiencias me transformaron en una persona insegura, desconfiada, envidiosa, rencorosa y vengativa. Sentimientos que siempre había visto de lejos, en los demás, ahora son compañeros de viaje a los que tengo que mantener a raya.
Por otro lado, desarrollé un sentido de la perseverancia (para los demás soy directamente una pesada), que no recordaba desde la niñez, cuando intentaba superarme en cada entrenamiento de gimnasia rítmica. Cuando convives con el fracaso desde muy joven te acabas inmunizando, en cierta medida, tu umbral de frustración aumenta y te haces más resistente cuando pierdes una y otra vez, cuando no te sale algo por más que lo intentas cientos de veces, cuando ves a tu lado a personas que lo hacen mejor que tú.
Pero soy consciente de que la perseverancia también tiene un lado oscuro, que sale a relucir cuando oigo a alguien quejarse de su vida y veo que no hace nada por cambiar. Antes empezaba mi bombardeo de ideas sobre las cosas que podía hacer esa persona (la mayoría de las veces era mi madre) para mejorar su situación. Me metía tanto en el papel que tardaba un rato en percatarme que ella no quería oír mis aportaciones y que la estaba agobiando; eso me cabreaba y aún me enfada, porque no soy capaz de entender esa pasividad ante la vida y menos aún que me use de muro de las lamentaciones, me traspase su malestar y luego no haga absolutamente nada por cambiar. Hace que me sienta utilizada y manipulada, me mina la energía, parece como si en el fondo deseara que yo tampoco hiciera nada ante mis problemas para acompañarla en un lamento morboso y común. Desde hace un tiempo intento no entrar al trapo cuando la veo venir con alguna de sus películas que, por desgracia, suelen ser reincidentes a lo largo de los años. Procuro abstraerme y no entrar en su juego, pero cuando me coge desprevenida y pico el anzuelo acabo discutiendo porque insisto, una y otra vez, con mi punto de vista hasta un límite en el que me ciego y ya sólo me saca de ese estado alguna frase del tipo: «no seas tan pesada» o «Nata, tú nunca pierdes, como mucho empatas», entonces vuelvo en mí, un poco avergonzada por haberme dejado llevar por esa perseverancia que me transmuta en atosigante.
La década de oposición también puso a prueba mi autoestima, dejándola herida de muerte y sólo ahora cuatro años después, empiezo a darme cuenta de los tremendos demonios que quedaron en algún lugar de mi mente.


Acabo de llegar al centro médico, después de meter mis cosas y al perro en el coche y de llamar al trabajo para avisar que no podía ir porque me encontraba mal. El aturdimiento y el vértigo no me han dejado conducir rápido, me pregunto cómo he llegado hasta aquí sin tener un accidente, he tardado casi una hora en llegar, a pesar de estar a unos dieciocho kilómetros aproximadamente.
Pregunto si me puede atender un doctor, deduzco que si es algo grave el médico me derivará, rápidamente, a urgencias o a un especialista. Me atiende una médica de familia, me examina con cierto desinterés y me dice que no ve nada. Me echo a llorar porque estoy muy nerviosa y le digo que no oigo nada por el oído izquierdo, que estoy mareada y aturdida, no le da importancia y me despacha recetándome un antiinflamatorio suave.
Vuelvo al coche y conduzco a duras penas hasta mi casa. El trayecto de una hora me lleva, esta vez, el doble. Cuando llego me tiro en el sofá llorando e intento recomponerme para la hora que llega mi marido del trabajo. Cuando llega, me dice que igual estoy exagerando un poco, como excusa para no ir al trabajo. Me hace mucho daño.
Por la tarde voy a mi médico de cabecera, con la esperanza de que me aclare algo más sobre mi extraño estado. Me dice que puede ser síndrome de Ménière y me receta
Serc y Dogmatil.
Al salir del médico me llama mi madre y me dice que encontró un otorrino que me puede ver el viernes por la mañana, sólo es un día y medio de espera.




Viernes, 28 de septiembre de 2012

Mi marido y yo llegamos a mi ciudad natal. Llevo dos días sorda. Voy al otorrino con mi madre y me hacen la primera audiometría, resultado: cofosis en oído izquierdo, es decir, sordera profunda. No oigo absolutamente nada con ese oído, ni siquiera los sonidos más graves.
De hecho, durante la audiometría la enfermera iba aumentando el volumen de los sonidos progresivamente, ya que yo no los oía, pero llegó un momento en el que tuve que parar unos minutos la prueba. Sin saber porqué empecé a sentirme mal, aturdida y con vértigos, terminé llorando angustiada, hasta que la enfermera me explicó que esa sensación venía de la vibración que provoca la aplicación de sonidos tan fuertes en la cabeza. Finalmente, pude terminar la prueba acongojada y superada por las circunstancias.
A continuación, la otorrina observa el resultado de la audiometría sin explicar nada, me receta corticoides durante veinte días, me manda hacer una analítica y una resonancia magnética de la cabeza, y me despacha hasta la semana siguiente con una actitud fría y distante.
Me fui de la consulta como entré, sin saber nada de lo que me está pasando.

He crecido viendo a la Bruja Avería y a Los Electroduendes de La Bola de Cristal, sin pelos en la lengua, con ese desparpajo y sus diálogos satíricos, enseñándome ese mundo que ya en los ochenta empezaba a mostrar sus fauces. Era un programa políticamente incorrecto, audaz, valiente y te hacía reír. Trataban a los niños como seres inteligentes, no como ahora que parece que los programas infantiles están orientados a seres alelados, que no pueden pensar o más bien, que no se quiere que piensen, no vaya a ser que creemos personas subversivas, librepensadoras y con conciencia de clase. Mejor que sigan siendo lumpemproletariado, individualistas y meros consumidores de basura.
A menudo percibo que lo políticamente correcto nos está invadiendo hasta un punto de beatitud, conservadurismo y doble moral que me pone mala. A este paso acabaremos como la mierda de cine yanqui que llega últimamente a nuestras salas, donde puedes ver cómo el protagonista mata a cien personas sin inmutarse, pero es imposible ver una teta, una polla o cómo follan, ya que les debe de parecer un «delito del pensamiento» como diría Orwell.
Creo que el cine, la literatura, la música, incluso la televisión y el deporte, han de ser provocadores, hacer reflexionar, ir más allá de lo zafio y vulgar que nos rodea hoy en día. Arte y educación deben ser la chispa inspiradora para una sociedad más justa y tolerante.
Pero no sé si esa sociedad la verán mis ojos algún día. Viendo las noticias me siento como una neurótica más en un mundo enfermo, lleno de guerras, sin sentido de la colectividad, materialista y superficial. Me angustia pensar que el ser humano puede llegar a ser tan cruel.



 Lunes, 01 de octubre de 2012

Hago la analítica en ayunas y después me voy a desayunar. No soporto salir de casa con el estómago vacío, sin presencia de espíritu, macilenta. Además es mi comida preferida del día: zumo de naranja natural (si lleva limón exprimido mejor todavía), café con leche, tostadas con mermelada, y ya vuelvo a ser persona.
Me llaman a las once y me dicen que me pueden hacer la resonancia de la cabeza hoy por la tarde. Empiezo a agobiarme con la idea de que me metan en la máquina y no aguante por un ataque de claustrofobia, intento no pensar en ello para rebajar la ansiedad.
Mi marido ha vuelto a casa para ir al trabajo, mientras yo me tengo que quedar toda la semana en casa de mi madre para hacer las pruebas médicas. Intento estar tranquila pero sé porqué me hacen la resonancia y sólo pensar que puedo tener un tumor dentro de mi cabeza me asusta tanto que me bloquea cualquier otro pensamiento.
Llego al hospital para hacer la resonancia a las cinco, hora de desasosiego que perfectamente se podía eliminar de los relojes, ya lo escribía Lorca en su poema La cogida y la muerte: «lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde». Lo ideal sería saltar de las cuatro a las seis y nos librábamos de la angustia.
Me quito la ropa en un cambiador y me pongo un camisón abierto por detrás, con el que se te ve el culo y te hace sentir aún más pequeña e insignificante que cuando llegas con tus miedos a la prueba y al resultado de la misma. Me tumbo sobre una especie de camilla estrecha que después se introducirá en la máquina y me encajan la cabeza en un soporte que parece una jaula, no debo moverme. Empieza la prueba, el corazón me late a cien por hora, parece que me va a saltar del pecho, tengo que controlarme, cierro los ojos para no ver el espacio en el que me meten e intento imaginar que estoy en la playa descansando y tarareo interiormente una canción para desviar la atención del ruido de la máquina. Parece que el corazón vuelve poco a poco a su cauce. Después de un tiempo indeterminado me sacan de la máquina y me dicen que ya está, abro los ojos y respiro hondo, fue menos tiempo del esperado, al final duró entre diez y quince minutos, me siento aliviada. Ahora sólo queda esperar unos días por el resultado.
Me voy a casa de mi madre dando un paseo, respiro hondo tomando aire fresco, intento no pensar en el resultado de la resonancia, ni en el posible tumor, para eso empiezo a contar cosas mentalmente, lo hago a menudo cuando quiero dejar la mente en blanco, creo que me viene de cuando era pequeña y no podía dormir me decían que contara ovejas, o cantara la canción de los elefantes: «un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…» y así hasta quedarme dormida. A día de hoy sigo con la misma estrategia, si voy por la calle cuento las farolas, los coches aparcados, las ventanas o los comercios, si voy en el coche de copiloto cuento las señales de tráfico o las líneas del asfalto. Pero siempre tengo que acabar de contar en número par, no puedo terminar en impar, si sucede esto busco rápidamente otro objeto para hacerlo par.
Ya lo sé, estoy como una fucking cabra, salto de una neurosis a otra. Menos mal que no quiero tener hijos a los que pasarle todos mis desequilibrios mentales.




Miércoles, 03 de octubre de 2012

Vuelvo al otorrino con mi madre. Ya tengo el resultado de la resonancia, se lo entrego a la médica y me confirma que está todo bien, ya que por el camino no aguanté las ganas de abrir el sobre y leer el informe de la prueba. Estoy más tranquila al saber que no tengo un tumor en la cabeza.
La doctora vuelve a examinarme y como aún no está el resultado de la analítica, me dice que siga con los corticoides. Aprovecho ese momento para preguntarle cuanto tardarán los medicamentos en hacer efecto y volver a oír. La médica se queda callada unos segundos, que me parecen eternos y hacen que me ponga nerviosa de nuevo, tras los cuales me dice que no volveré a oír nunca. Así, sin más.
Noto que me empiezo a marear y me cuesta respirar, de repente el vacío que siento en la cabeza tras la sordera se hace inmenso y lo inunda todo, estoy aturdida, no entiendo nada, intento aguantarme las lágrimas pero salen solas a trompicones, sin poder frenarlas. No puede ser, ¿cómo me voy a quedar sorda a los treinta y cuatro años? Es imposible, pero, ¿por qué?
La especialista me mira, impávida, sin la más mínima muestra de empatía; mientras yo, descolocada, espero respuestas a preguntas que no contesta y mi madre a mi lado llora disimuladamente intentando controlar la situación. Tras la falta de explicaciones y todavía en estado de shock abandonamos la consulta para no volver jamás a la misma doctora.
Me molesta que sea una mujer la que me trata así, con esa falta de humanidad, si fuera un hombre pensaría: «un cavernícola más entre tantos que nos rodean, ¡idiota!». Soy feminista, aunque mucha gente cree que es lo contrario al machismo se equivocan, el feminismo exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres, no pide el exterminio de todos los seres con pene, ni mucho menos. Como mujer y por las vivencias que he tenido me siento identificada con otras mujeres que han sufrido discriminación en algún momento de su vida, ya que yo también la he sufrido en mis carnes. Por eso me fastidia que entre mujeres nos tratemos mal, como si fuéramos competidoras en lugar de ser compañeras que jugamos en el mismo equipo. Ya en la calle, mi madre y yo intentamos relajarnos, procuramos pensar con calma mientras caminamos hacia casa, pero estamos demasiado alteradas.
Llamo a mi marido para contarle lo que me dijo la doctora. Me da ánimos y vuelvo a llorar, aún no soy consciente de lo que me espera en los próximos meses, no sé qué haría si supiera de antemano el futuro.




Jueves, 04 de octubre de 2012

Mi marido llega a casa de mi madre, pidió el viernes en el trabajo para ir a visitar a otro otorrino que nos recomendó mi tía. Cuando llega me cuenta que la tarde anterior después de hablar conmigo por teléfono llamó a mi padre, tal y como me había dicho, para contarle de primera mano lo que me había pasado, ya que no parecía correcto que se enterara por segundas personas. Puesto que hacía, más o menos, un año que no hablaba con nosotros, se sorprendió de la llamada y en un principio pareció poner mucho interés, pero enseguida vi que no volvía a llamar.
Tras la boda de mi hermana, en la que mi padre se negó a conocer a sus nietos, mi hermana, mi marido y yo, que éramos los únicos que aún teníamos relación con él, discutimos por su actitud hacia los nietos y hacia la familia que había dejado atrás como un error del que se puede escapar.
Nunca entenderé cómo una persona puede sacar adelante a su familia y después apartarse como si nada de eso hubiera existido.
Mi madre y mi padre lucharon mucho, partiendo de cero consiguieron estudiar y trabajar simultáneamente con tres hijos pululando por la casa. Por eso nos insistían tanto en que debíamos estudiar y después preparar una oposición para tener el trabajo asegurado toda la vida, ya que ellos sabían lo que era esa preocupación constante de no saber si vas a cobrar un mes u otro. Además, teniendo en cuenta el punto de partida familiar, la única forma de que sus hijos consiguieran coger el ascensor social era estudiando. Claro que hoy en día ha cambiado todo bastante, ahora las personas mejor preparadas tienen que irse de España para encontrar un trabajo medianamente digno y según a dónde se vayan, a veces, ni con esas. Somos un país muy triste que ha creado las generaciones mejor formadas desde la transición y sin embargo no ha sabido darles el trabajo que se merecían. Como contraste tenemos unos políticos cada vez más indignos y menos formados, por lo menos a nivel ético. Claro que la sociedad española los ha votado una y otra vez, aceptando de esta manera esa red de corrupción generalizada.
Volviendo a mis padres, creo que lo hicieron bastante bien, sin olvidar las circunstancias de partida, y salimos tres hijos responsables, trabajadores, a veces un poco impulsivos y vehementes, pero tenemos buen fondo y somos buenas personas. Entonces, ¿cómo explicar lo que no entiendo?
Desde su divorcio, hace diez años, él dio a mi madre por muerta y poco después acabó su relación con mi hermano tras una discusión navideña, que no fue tan grave como para terminar así y mucho menos para no querer conocer a sus nietos cuatro años después.
Pero hay personas que nunca ceden ni piden perdón, que creen tener siempre la razón y con el tiempo van creando a su alrededor una atmósfera tóxica en la que no dejan respirar a nadie que no les siga la corriente.
Nada parece tener sentido, pero la realidad no siempre es como una quiere.




Viernes, 05 de octubre de 2012

A las once de la mañana mi madre, mi marido y yo llegamos al segundo otorrino.
Me examina y corrobora el diagnóstico de sordera súbita, con un trato amable responde a todas nuestras dudas y nos explica el funcionamiento del oído, lo que me sirve para empezar a entender lo que me pasa. Me recomienda un medicamento que me proporciona más oxígeno al oído y me voy de la consulta más tranquila tras su explicación.
Volvemos a casa de mi madre para la hora de la comida. Por la noche mi marido y yo vamos a cenar con mi mejor amiga.
Durante la cena, mi mejor amiga estuvo hablando sin parar de sus preocupaciones y de alternativas laborales (bastante estrambóticas, por cierto)  para su novio, por si éste se quedaba en el paro, cosa que no parecía muy probable.
Después de una hora oyendo sus pajas mentales, mi marido le recuerda que llevo una semana sorda y que he tenido que estar toda la semana en Lugo haciéndome pruebas médicas. Extrañamente, ella se queda tan tranquila, ni muestra la más mínima señal de turbación por no haberme preguntado qué tal estaba al encontrarnos, ya que días antes se lo había contado por correo electrónico.
Tras esta cena surrealista regresamos a casa. Tengo una rara sensación, no soy capaz de ver el alcance de lo que me está pasando, aún tardaré unos días en darme cuenta de que he perdido un oído para siempre y con él parece que se ha ido mi mejor amiga.
No la volveré a ver.

Siempre me he sentido muy orgullosa de conservar una amistad desde la niñez, me parecía un logro que no conseguía mucha gente, y ahí estaba yo con mi mejor amiga desde hacía veinte años. Parecía que nos llevábamos bien, habíamos conseguido mantener la relación todo ese tiempo. Nuestro recorrido académico y laboral había sido parecido y nos entendíamos a nivel ideológico ya que ambas nos considerábamos de izquierdas, lo que hacía que no tuviéramos muchas discusiones al respecto que pudieran generar conflictos.
Además, dentro de mi visión de la amistad, creía que entre nosotras había complicidad, entendimiento, fidelidad, confianza, respeto mutuo, apoyo, afecto y sinceridad.
Hasta aquí parecemos las amigas ideales, ¿no?
Pues bien, ya en los dos últimos años, aproximadamente, empecé a ver ciertos comportamientos y comentarios extraños que hacía en relación a otras personas e incluso hacia mí, comentarios que yo me tomaba a broma y creía que eran excentricidades que formaban parte de una pose que a ella le gustaba adoptar para hacer reír a los demás.
Ahora, con la perspectiva del tiempo y de los sucesos siguientes, sé que no eran poses y mucho menos bromas, ahora sé que ella es así. Porque ella misma me lo ha confirmado.




Lunes, 08 de octubre de 2012

Mi marido y yo vamos al tercer otorrino con una gran trayectoria profesional. Me examina y resuelve el tema con el mismo diagnóstico. Me receta un corticoide más fuerte durante veinte días más y antivirales, por la teoría de que pudo ser un virus el causante de la sordera.
Nos explica con todo lujo de detalles la anatomía y fisiología del oído, y cómo posiblemente un virus ha arrasado con las células cilíadas de mi oído interno, situadas dentro de la cóclea o el caracol, y que son las células receptoras para la audición, encargadas de transformar las ondas sonoras en impulsos eléctricos que se envían al cerebro.
Agradezco toda esta información enormemente para acabar de entender lo que me ha pasado.
Por último, nos enseña unos aparatos auditivos (diferentes a los típicos que conocemos y que no me sirven para nada) que puedo implantar en la cabeza para convertirme en la mujer biónica. Eso sí, implican taladrar el cráneo para que haga de caja de resonancia. Es lo que me faltaba, una trepanación.
Uno de los aparatos en cuestión llamado Baha se implanta en el cráneo y transfiere el sonido al oído funcional mediante la vía ósea, es decir, no me cura el oído sordo sino que me provoca el efecto de oír otra vez en estéreo, lo cual doy fe de que es así ya que me lo pegó a la cabeza para que lo experimentara y me quedé alucinada; para que luego digan que nos podemos fiar de nuestros sentidos y eso de «sólo creo lo que veo». Empiezo a pensar en el gran error de estas creencias, en el fondo los ateos no es que no creamos en Dios porque no lo podemos ver, es la excusa que ponemos para sustituir unas creencias por otras.
El otro aparato que me enseña es para destacar que aún en el peor de los casos de que también perdiera el oído sano no se acabaría el mundo ya que existe la posibilidad de un implante coclear, que me ayudaría a recuperar la capacidad de sensación auditiva. Aunque en mi interior espero que eso no pase nunca, es importante saberlo para rebajar mi ansiedad.
Llegados a este punto, el médico resulta simpático, es bastante friki y gracioso, parece el Inspector Gadget, tan emocionado con sus aparatitos, disfrutando de las nuevas tecnologías que sirven para ayudar a los enfermos. Agradezco la atmósfera que crea con su actitud distendida, y hasta consigue que no me sienta como un bicho raro por lo que me ha pasado.
Volvemos a casa con la idea de que hay que seguir el tratamiento por si hace efecto y para no rendirme tan pronto, pero el pronóstico sigue siendo malo. No recuperaré el oído.




Martes, 09 de octubre de 2012

Estoy en mi casa descansando de tantas visitas a diferentes doctores, a la espera de que el tratamiento nuevo me haga efecto lo antes posible y pueda volver a oír. Espero que todo esto pase pronto y en el futuro lo pueda recordar como la época que me pasó aquello tan insólito.

Ha pasado casi una semana desde la cena con mi mejor amiga y de nuevo está desaparecida en combate; ni una llamada, ni un correo, nada. Entre tanto, los amigos de mi marido lo llaman casi todos los días para preguntar por mi salud. La brecha que dejan mis amigas ausentes es casi tan profunda como la cofosis de mi oído izquierdo. Incluso llego a pensar si será culpa mía, que quizás las desatendí en alguna ocasión, inconscientemente, y me lo hacen saber ahora con su indiferencia, su falta de interés y sin ofrecerme ese apoyo emocional que tanto necesito en este momento.
Pero la cosa no queda ahí, la rotura definitiva con mi mejor amiga llegará después de una grave discusión por email que, sin saberlo, durará todo el día a través de varios correos.

Sobre las doce de la mañana, veo en la bandeja de entrada de mi ordenador un correo de mi mejor amiga y un atisbo de esperanza recorre mi rostro durante los breves segundos que tardo en abrir el correo y leer un mensaje común dirigido a una veintena de destinatarios, dada su extensa vida social a pesar de que afirma no necesitar amigos, en el que nuevamente habla y habla de sí misma y no dedica ni una sola palabra de ánimo hacia mis problemas de salud. Casi de forma instantánea, mi expresión pasa de la esperanza a la ira y todo tipo de insultos vienen a mi cabeza, agolpándose, cualquiera de ellos puede ser el primero en salir. Me autocontrolo, respiro hondo y como resultado de la frustración, el desdén y el abandono que siento le contesto el mensaje con una mezcla de ironía y enfado, que supone el pistoletazo de salida a una serie de correos en los que descubro que no transitamos por el mismo camino. Nuestro sistema de valores, algo que considero básico para mantener una relación positiva, está en niveles diferentes, y no lo digo con aires de superioridad ni arrogancia, sino que creo que recorremos líneas paralelas que no llegan a tocarse.
Me contesta indignada, se reafirma en su comportamiento y se siente orgullosa de su displicencia.
Me siento perpleja, ya no estoy enfadada, ahora la confusión reina en mi cabeza y no paro de darle vueltas una y otra vez a cómo no me di cuenta antes, durante estos veinte años, de las divergencias tan llamativas que nos separan ahora.
En mi concepto de amistad una está a las duras y a las maduras, para celebrar una alegría, así como para acompañar y dar apoyo emocional en momentos difíciles.
En su concepto de amistad, según dice, hay cosas que sobran. Por su comportamiento entiendo que se refiere a esa parte más incómoda que te saca de tu micromundo y que te da de bruces con una realidad que sabes que está ahí pero en la que, normalmente, evitas entrar. Me refiero a la realidad de la enfermedad, como si pasando de lado una la pudiera esquivar.
En los siguientes correos dejo la ironía a un lado e intento explicarle, lo mejor que puedo, cómo me siento respecto a ella y su comportamiento. Sólo quiero comprenderla.
Le escribo, entre lágrimas, que me parece que tiene un comportamiento frío y distante y que me siento abandonada como amiga en un momento tan duro para mí en el que estoy enferma.
Le recuerdo la conducta similar que tuvo hace casi dos años, cuando me operaron de amígdalas a los treinta y dos años y ella no sólo desapareció del mapa, sino que además se enfadó conmigo unos días antes de la operación. Me operaron el 4 de enero de 2011 y la noche de fin de año ella quería salir, me insistió a pesar de decirle que no me apetecía y que no podía coger frío, porque si recaía con una infección no me podrían operar el día marcado y ya llevaba tres meses esperando desde el preoperatorio. No le importó y con un poco de chantaje emocional, en la línea de: «estoy sola y quiero salir», «no me dejes colgada», etc. allá fui a la fría noche de diciembre del norte. Quiso quedar en un bar del parque que, casualmente, estaba cerrado y no había otro cerca donde resguardarme del frío, por lo que estuve media hora esperándola a la intemperie hasta que me cansé de su falta de respeto por mi salud, por nuestra amistad y, en orden descendente, por el maravilloso tiempo de los demás. La llamé y aún estaba en casa, casi me enfurezco por su falta de consideración ante lo que le había explicado al principio de la noche y ella parecía haber olvidado. Nuevamente sólo pensaba en sí misma, se lo recordé y le dije que me iba a casa, ella se enfadó y haciendo gala de su impulsividad, de la que está muy satisfecha, me dijo que le parecía fatal que la dejara colgada en el último momento. Me fui igualmente y no volví a saber nada de ella hasta muchos días después de la operación, ni una llamada ese día para saber si había salido todo bien, ni una visita, nada de nada.
Meses más tarde ella misma me dijo, sin venir a cuento, que me había puesto a caldo al resto de sus amistades por lo de aquella noche.
¿Por qué no haría más caso a todas estas señales en esos momentos? No lo sé. Lo que si sé es que tenía un semáforo bien rojo y bien grande ante mis ojos, mientras yo parecía verlo de color ámbar, no le daba importancia y pasaba de largo.
Volviendo al correo, también le digo que no entiendo su actitud y que estoy dolida porque creo que debería salir de una tener una reacción más humana o más sensible, sin que se lo tuvieran que decir los demás. Y con todo esto, sin pretenderlo, la armé para su contraataque.
En lugar de pararse a pensar porqué le decía estas cosas y reflexionar sobre ello, como en su vocabulario no está la palabra perdón, ya que de haber sido así la habría disculpado una vez más y tan amigas como hasta ahora, cargó su pistola con balas de fuego y empezó a disparar a matar; que si la había insultado, que estaba ofendidísima, que mis palabras le habían hecho más daño del que yo me merecía, se jactaba de ser gélida, distante e impulsiva, que a pesar de que estas cualidades le causaban problemas con mucha gente no las iba a cambiar porque para ella eran una virtud y no un defecto, bla, bla, bla.
Llegados a este punto la discusión se para en seco. Algo no encaja, me paro a pensar y me doy cuenta de que hablamos en idiomas diferentes. No nos entendemos, cada una tiene su escala de valores, como ya he dicho antes, y hablamos conforme a ella, pero si lo que para una es bueno para la otra es malo y al revés, ¿cómo vamos a entendernos? Y si ella tiene las ideas tan claras como presume, ¿por qué le ofenden mis palabras?
Es como llegar al final de una carretera, o das la vuelta y recorres lo andado hasta encontrar un cruce de caminos o no puedes avanzar. Pero ella nunca retrocede ante nadie, por lo que nuestro cruce de caminos no se produjo y las carreteras paralelas por las que vamos cada vez están más alejadas.

Cuando todas las personas que te quieren te dicen que te has equivocado en algo, deberían hacerte pensar que quizá tienen razón, que quizá deberías cambiar algunos comportamientos, que quizá esos cambios te pueden hacer mejor persona.
Para reflexionar sobre lo que te dicen esas personas cercanas, primero hay que confiar en ellas y respetarlas, no llega con sólo creer que las quieres. En segundo lugar, hay que valorar sus palabras y tenerlas en cuenta, lo que te dejará la mente abierta para razonar. Finalmente, si llegas a la misma conclusión y reconoces que te has equivocado, verás que no pretendían herirte aunque al principio te hicieran daño y que gracias a ellas te has convertido en alguien mejor, te han ayudado en tu crecimiento personal y descubres que el cambio puede ser positivo.
Pero para seguir todo este proceso hay que estar con la mente receptiva y pensar despacio. Las prisas y el ímpetu, el orgullo herido por una lectura rápida y superficial de las palabras, la falta de respeto y empatía por la otra persona hacen que reacciones como si te estuvieran atacando. Te anclas y te reafirmas en unas cualidades que te lastran, que remueven el fondo de tus pensamientos como el lodo que enturbia el agua, te hacen ver que estás equivocada, pero te resistes a cambiar porque crees que la disculpa es una muestra de debilidad. Por eso prefieres el escudo de la arrogancia, la prepotencia y el dogmatismo enmascarados con una pseudosinceridad a la que te subes desde donde crees que nadie te alcanzará para dañarte y poder pisar como una hormiga a quien lo intente.
Yo no juego con las personas, no pretendo herir aunque mis palabras lleguen a hacer daño en un momento dado y puesto que, ahora mismo,  la enferma soy yo creo que tengo disculpa por la situación que estoy pasando.
Por otro lado, yo no tengo ningún problema en pedir perdón cuando me equivoco, de hecho, le pedí disculpas sinceras en mi último correo aunque ella lo interpretó con ironía.
Para terminar esta catarsis, tengo que decir que lo que más me dolió de mi mejor amiga fue uno de sus mensajes en el que me preguntaba si estaba más relajada o si seguía con ganas de pagar con los demás mi mala suerte. Fue tan duro leer esto, ¿qué clase de persona, y más aún, qué clase de amiga dice algo así? Me pareció una actitud tan cruel e hiriente, como quien echa sal en una herida para hacer más daño. Quiso hacer leña del árbol caído de la forma más tosca y ruin que una se puede imaginar, sin saber siquiera mi comportamiento hacia otras personas.
A ella le da igual dejar a las amistades por el camino cuando ya no coinciden, según dice, ya aparecerán personas nuevas. Yo no pienso así, no me gusta tratar a las personas como objetos a los que pueda dejar tirados en la cuneta porque se han roto o por desuso, para mí la amistad es algo más profundo. Todo lo que le dije fue con la intención de darle la oportunidad de explicarse para tratar de entender su actuación y salvar una amistad que ya duraba veinte años.
Ahora, después de lo sucedido, me doy cuenta de que ella ha decidido seguir por su camino, una ruta circular en la que siempre acaba tropezando con la misma muralla ciclópea, pero prefiere apartar a las personas que se cruza, antes que intentar sobrepasar el gran muro que le impide ver el horizonte.
Yo, por mi parte, me siento como si estuviera desbrozando el monte, abriendo mi propia senda, sorteando los obstáculos que me va poniendo la vida, bajando las orejas.
La única certeza que tengo ahora mismo es que nada dura para siempre, la vida puede cambiar en cuestión de segundos, lo recuerdo cada mañana cuando me levanto y compruebo que sigo sorda.
Estoy aprendiendo a dejarme llevar por la corriente del río, a fundirme con el agua, y disfrutar del paisaje cambiante, de los recovecos de la naturaleza que suelo pasar por alto, pero cuando me fijo me doy cuenta de que todo va cobrando sentido, aunque no sea capaz de entenderlo bien.
    



Lunes, 29 de octubre de 2012

Regreso al Dr. Gadget, para comprobar si me hicieron efecto los medicamentos tan potentes que me dio. Nada, ni los corticoides atómicos ni los antivirales milagrosos hicieron su trabajo, sigo sorda como una tapia. El doctor me dice que el tratamiento que me queda por probar, como último recurso, es la inyección intratimpánica. «Oh, my God!» cómo suena eso, parece muy doloroso, ¿tan mala he sido que merezco sufrir de esta manera? O quizá sea una forma de ponerme a prueba, una señal del universo para que reconozca que existe un ser superior que controla nuestras miserables vidas, que no aprendemos por las buenas, que esas señales las obviamos o las despreciamos y que por eso decide a su antojo cuando debemos rendirnos a sus pies y suplicar por nuestra vida, así, a las bravas. Como un castigo divino, por atea.

Desde niña aprendí que Dios no existe. Le di muchas vueltas, si existiera y si fuera todo amor, como dicen, no dejaría que el mundo estuviera así de mal; que hubiera tantos millones de personas en la pobreza, que hubiera guerras, que la gente se muriera de hambre, que existieran seres inhumanos que matan, roban, violan o se enriquecen a base de esclavizar a los demás. No, si existiera un Dios o una Diosa no dejarían que nada de esto pasara, también habrían impedido mi sordez o que mi abuela muriera a la temprana edad de treinta y seis años en un fatídico accidente de tráfico, privándola de ver crecer a sus hijas y a sus nietas, talando con violencia el árbol genealógico que tan bien había crecido hasta entonces. Por todo ello, y a pesar de mi ansia por creer para apaciguar mi miedo ante la muerte, no lo he conseguido.
A los trece años empecé a escribir un diario precisamente por ese temor a mi muerte y a la enfermedad, necesitaba exteriorizarlo de alguna manera y pensé que admitiéndolo por escrito me liberaría de mis miedos. No podía decírselo a nadie, porque me daba vergüenza que se rieran de mí, así que compré un diario con candado para guardarlo a buen recaudo y lo empecé reconociendo que soy hipocondríaca, por lo que llevo muchos años arrastrando esa preocupación constante y angustiosa por mi salud y la de mis seres queridos. Es mi gran monstruo personal, el Minotauro que trato de mantener amarrado en lo más profundo de mi laberinto emocional, del que cuesta tanto escapar y que siempre me alcanza.

He de decir a mi favor que a lo largo de mi vida he luchado contra la hipocondría en períodos intermitentes, cuando me he sentido más fuerte. Lamentablemente, en varias ocasiones me ha sobrepasado como un tsunami y ha sido en esos momentos en los que he necesitado ayuda de una psicóloga.
Soy hipocondríaca porque llevo toda la vida desde que tengo uso de razón escuchando las conversaciones telefónicas de mi madre y de mi tía hablando sobre enfermedades. Después de oírlas, siendo una niña, me dolían diferentes zonas del cuerpo y creía tener la enfermedad de la que les había escuchado hablar. Mis pensamientos siempre acababan en la muerte, en que me moriría en pocos días sin que nadie hubiera detectado nada.
Nunca entenderé cómo mi madre podía hablar con ese morbo de las enfermedades ajenas delante de su hija pequeña, sin la más mínima consideración. Claro que siempre me ha dicho que la culpa es mía, que soy una exagerada e insiste en mi carácter hipocondríaco, según ella «creado de la nada».
Mi madre, como todas las madres, quiere saberlo todo con pelos y señales para luego contárselo a los demás como una primicia de la mejor revista de cotilleo que una se imagine; de forma que cuando vas por la calle y te cruzas con alguna persona conocida, ya sabe toda tu vida sin que tú se la hayas contado, lo que resulta un poco asfixiante.
Aunque para ser justa, también tengo que decir que tiene muchas cosas positivas. La principal es que siempre ha estado ahí, en los momentos más duros de mi vida me ha ayudado aunque, a veces, tuviera que consolarla yo a ella o mi psicóloga tuviese que orientarla. 
    



Miércoles, 31 de octubre de 2012

Llego al cuarto y último otorrino, será el encargado de ponerme la inyección intratimpánica dentro de dos días; mientras tanto, me receta antiinflamatorios otros veinte días más, a este paso me voy a convertir en un corticoide andante.
El nuevo otorrino es amable aunque al ver que llevo un mes sorda intuye que la inyección no me va a hacer efecto, está preocupado porque le voy a romper las estadísticas tan buenas que tiene de los que ha recuperado de las fauces de la insonoridad, pero no queda más remedio que intentarlo. A la mierda sus números quiero recuperar mi oído.
Salgo de la consulta y voy a casa de mi madre para recoger a Beato y salir a pasear, necesito tomar el aire. Estoy sola porque mi marido se ha quedado en el pueblo para ir al trabajo y mi madre también está trabajando en turno de tarde.
Esta semana me quedo en casa de mi madre hasta el viernes que viene mi marido, espero que el domingo ya me pueda ir con él. No me apetece estar aquí tantos días para ir al médico pero como tengo vértigos no puedo conducir, así que no tengo más remedio que quedarme e intentar que mi madre no me atosigue. 




Viernes, 02 de noviembre de 2012

Ha llegado el momento, entro en el sanatorio donde el otorrino me va a poner la inyección intratimpánica, me acompaña mi marido por si me mareo a la salida. No espero mucho tiempo, aunque se hace eterno. Se abre la puerta y veo al otorrino con una sonrisa de oreja a oreja, parece feliz, siempre me sorprende la gente que disfruta de su empleo, yo me lo paso bien de vez en cuando, pero la mayoría de las veces odio trabajar.

Me gustaría que me tocara la lotería, no por ser rica, sino por poder dejar el trabajo, viviría igual que ahora, sin subirme a un tren de lujo, me administraría el sueldo que tengo cada mes y disfrutaría del tiempo libre para hacer lo que hago habitualmente pero sin prisas y sin los malos rollos que surgen cuando estás trabajando. Por ejemplo, iría a correr, al gimnasio, pasearía por el campo con mi perro, leería más, escribiría con calma, iría a comer a un sitio rico (que no quiere decir que tuviera que ser caro), me gusta mucho la comida italiana y es bastante económica. El único dispendio que llevaría a cabo sería beber un vino exquisito; pero bueno, es el único placer lujoso que tengo y para eso tampoco gastaría nada desorbitado. Por otro lado, tengo que reconocer que soy bastante primaria, si puedo comer, dormir y hacer el amor ya soy feliz, no le pido más a la vida, nunca fui muy ambiciosa, quizá por eso no perseguí mi sueño de ser actriz.
El gusto por el vino tinto lo aprendí de mi cuñado. Cuando vamos a comer a su casa nos ofrece cada vez un vino distinto, siempre Ribera del Duero, todos están buenísimos aunque por ahora mi vino preferido sigue siendo el que tenga un sabor afrutado, fresco y aromático. Lo saboreo desde el primer sorbo y me baja por el gaznate como un zumo de frutos rojos.

Me hacen entrar para la inyección, estoy nerviosa, tengo miedo de que me duela, pero el médico está tranquilo y bromea para que me relaje, la enfermera también es muy riquiña. Me da un gorro, unos patucos y un camisón de hospital. Los pongo encima de mi ropa, después me tumbo en la camilla y pongo la cabeza de lado, la cual tapan dejando sólo el espacio de la oreja izquierda y el médico me describe las sensaciones que voy a notar para que no me preocupe. Me dice que si noto algún mareo, le avise.
Empieza la inyección con corticoides, noto un líquido frío entrando lentamente en el oído, no me mareo ni me duele, pero es una sensación extraña. Cuando termina la inyección tengo que quedarme en esa posición media hora para que el medicamento haga su efecto en el tímpano.
Al cabo de treinta minutos, la enfermera comprueba que me puedo incorporar y que no me mareo. Estoy aliviada y contenta de que no me doliera.
Salgo y me voy con mi marido que sigue en la sala de espera. Ahora toca esperar diez días para saber si me hace efecto el medicamento inyectado, espero que así sea porque ya llevo un mes y una semana sorda. Lo llevo mal.




Lunes, 12 de noviembre de 2012

Este fin de semana me he quedado en casa de mi madre un día más porque tengo cita con el otorrino para ver el resultado de la inyección, de paso aprovecho y voy al psiquiatra. Necesito un volante para ir a terapia psicológica, cada vez estoy peor de ánimo y no quiero dejarlo pasar hasta que esté por los suelos, sino luego me va a costar más esfuerzo recuperarme.
Llego a la consulta, la psiquiatra entiende la situación y me da el impreso para empezar con la psicóloga.
Después de la psiquiatra me dirijo al otorrino, parezco una ancianita de médico en médico, es alucinante. Llego a la revisión del oído, el otorrino comprueba que no tengo el tímpano perforado, ya que podría ser una consecuencia de la mala realización de la inyección, sigo sorda pero por lo menos no tengo el tímpano como un queso gruyere. Hay que darle más tiempo al oído, vuelvo a revisión el 3 de diciembre.
Al salir de la consulta voy dando un paseo hasta casa, cuando estoy mal me gusta caminar, el aire me limpia la cabeza, aleja mis temores por un momento y me hace sentir mejor. Tengo miedo, siempre tengo miedo, es agotador, sólo cuando bebo alcohol consigo relajarme y hasta creo que soy valiente. Me asusta tanto la pérdida, que muchas veces no disfruto de lo bueno de mi vida por el miedo a perderlo.
Me duele el lado izquierdo de la cabeza y me vuelven los temores de un tumor cerebral, ya sé que no lo tengo porque la resonancia magnética dio buen resultado, no salía ningún tumor, pero los pensamientos negativos son así de traicioneros. Me angustio, ¿qué pasaría si el «supuesto virus» que me dejó sorda del oído izquierdo volviera para ensordecerme el oído derecho o peor aún para dejarme frito el cerebro y morir súbitamente?
Oh, my God! Siento pánico de sólo pensarlo. Estoy muy mal, ¿cómo voy a acostumbrarme a estar sorda y a otro posible ataque de virus asesinos? He perdido la audición en estéreo, ahora no consigo ubicar de dónde vienen los sonidos y la cabeza parece que me va a estallar.
Además, me siento aislada e incomprendida, como el oído es invisible para los demás, no son conscientes por lo que estoy pasando, incluso me dicen «pues oyes bien» (claro, es que por el oído derecho oigo perfectamente, por suerte) como si dudaran de mi enfermedad. Por mi fama de hipocondríaca, estoy convencida de que algunos creen que es algo psicológico y que el día menos pensado volveré a oír cuando yo quiera que eso pase. Todo eso me hace sentir peor y sola, me siento muy sola. Menos mal que ya pedí cita para la psicóloga, necesito ayuda urgentemente si no quiero volverme loca.




Martes, 13 de noviembre de 2012

Vuelvo a mi casa, ya que no me siento bien para estar toda la semana con mi madre y su comportamiento sobreprotector que me ahoga. Es la primera vez que conduzco las dos horas de recorrido desde que me quedé sorda, noto esa inestabilidad que me acompaña en todo momento como si estuviera borracha.
A los diez minutos de empezar el viaje empiezo a llorar y no soy capaz de contenerme, lloro de forma desconsolada, el único pensamiento que me asalta una y otra vez es que estoy sorda, sorda y nunca voy a recuperar mi oído, estoy sorda y siempre voy a estar sorda, no paro de repetir en voz alta la palabra sorda, y cuanto más la digo más lloro, parezco insaciable de lágrimas.
Siento un vacío ruidoso en mi cabeza que aumenta cuanto más pronuncio la palabra sorda, se mezclan los acúfenos con la pérdida del estéreo y siento que me voy a volver loca. Mi mente encabritada por ese oleaje infernal intenta sacarlo de dentro pero es imposible, sigo sorda, sorda y el ruido también sigue ahí, no puedo extirparlo.
El corazón se acelera y la ansiedad me desborda, lloro y lloro a lágrima viva, parece que nunca cesará el plañido, no encuentro pensamiento que me consuele, sólo puedo llorar.
A pesar de seguir llorando no paro el coche, conduzco anegada en llanto, como si así pudiera escapar de la sordera, alejarme del dolor que me causa esta pérdida.
Después de una hora de viaje empiezo a tranquilizarme, estoy exhausta, todo me parece irreal, una pesadilla de la que quiero despertar.
Finalmente, consigo llegar a casa un poco más resignada y pisoteada por la vida.

Ya está, he llorado tanto como para llenar un embalse, me he compadecido de mí misma, me he sentido víctima de la mala suerte y sigo sorda, nada ha cambiado. Pero he decidido que a partir de ahora yo voy a cambiar, he llegado a ese punto de inflexión en el que veo que tengo que hacer algo, no puedo seguir así, dejándome caer al vacío, superada por las circunstancias.
Voy a retomar mi vida, aunque aún no sé cómo, espero que en esto me ayude la psicoterapia, quiero aprender a vivir sorda, aceptar lo que me ha pasado, volver a ser feliz valorando lo que aún me queda, al fin y al cabo puedo oír por el oído derecho.
Además, no debo olvidar las cosas buenas que hay en mi vida, tengo amor, trabajo, familia y aún me queda la suficiente salud como para ser una persona autónoma, por lo tanto dejaré de quejarme y miraré hacia adelante con optimismo, recuperaré las riendas de mi existencia empezando por hoy mismo.
Lo primero que voy a hacer es irme al gimnasio, ya que llevo un mes y medio sin entrenar. Desde el daño auditivo los médicos me recomendaron reposo mientras estuviera a tratamiento, pero tampoco me ha servido para recuperar el oído y estoy que me subo por las paredes.

El deporte forma parte de mi vida desde los seis años, para mí es tan básico como comer, beber o dormir, no aguanto muchos días sin hacer ejercicio físico, es mi elemento vital.
El ejercicio me ayuda a pensar, me sosiega, me hace mejor persona. Cuando voy a correr el viento se lleva mis angustias, me siento viva, más fuerte, capaz de todo, es una sensación de libertad inigualable, como si nada me pudiera detener, es lo más cercano a volar, a pesar de que la gravedad te mantiene aferrada al suelo, tú controlas tu cuerpo y tu mente, el mundo está a tus pies y eres tú y sólo tú quien decide a dónde quieres que te lleven tus pasos.
Cuando estudiaba en el instituto decidí hacer atletismo, había dejado atrás la gimnasia rítmica y me apetecía probar otro deporte, como me gustaba correr me parecía una buena opción. El primer día de entrenamiento mis nuevos compañeros me dijeron que la mayoría de la gente que se anotaba no aguantaba ni un año. Buena la hicieron, teniendo en cuenta mi perseverancia (por aquel entonces sólo era orgullo adolescente), conseguí entrenar todo el año, eso sí, a costa de convertirse en el período que más lesiones tuve de toda mi vida. Durante ese curso escolar debí de tener casi todo el repertorio de enfermedades inflamatorias que acaban en –itis: tendinitis, fascitis, periostitis, amigdalitis. Claro que cualquiera no enferma entrenando dos horas diarias al ritmo que lo hacíamos en el gélido invierno del norte. Descubrí que no soy muy resistente y al final de la temporada después de lograr acabarla, con el honor de una veterana de guerra, lo dejé para preparar las pruebas de acceso a la licenciatura de educación física de una forma un poco más razonable, sin esos entrenamientos tan absurdamente duros.
Durante un tiempo le cogí tirria a la carrera y me costaba ir a correr, me tomé mi tiempo de descanso relativo y poco a poco le volví a coger el gusto.

Acabo de llegar del gimnasio, lo he conseguido. Mi primer día de ejercicio sorda. He calentado en la cinta como siempre, pero con ligeras variaciones. Antes de la sordera corría en la cinta como cuando corro al aire libre, hoy no he podido hacerlo así por los vértigos que tengo, pero me he agarrado a las barras laterales de la máquina y empecé caminando. En unos minutos conseguí aumentar un poco la velocidad y trotar de forma suave, sin soltarme de las barras, por supuesto. A pesar de la inseguridad y el miedo a caerme conseguí hacerlo durante los veinte minutos que permiten las normas del gimnasio, para que use la cinta más gente. Después hice un poco de fuerza con pesas, abdominales, para terminar con estiramientos musculares. Volví a casa caminando y con mejor ánimo.
Espero que a partir de ahora pueda seguir entrenando y me ayude en la adaptación a la sordera.




Viernes, 23 de noviembre de 2012

Llego a mi primera cita con la psicóloga, siento ansiedad porque no la conozco y no sé por dónde empezar a hablar, me preocupa si me entenderá o si le pareceré exagerada por llevar tan mal la pérdida auditiva.
Entro en la consulta y con los nervios arranco a llorar mientras intento explicarle a trompicones lo que me ha pasado. Ella me escucha con mucha paciencia y me consuela con palabras de ánimo, me dice que no estoy loca y que entra dentro de lo normal reaccionar así ante una situación como la que estoy viviendo. La pérdida súbita del oído izquierdo le ha provocado un estrés añadido a mi carácter, ya de por sí ansioso.
Sigo contándole las preocupaciones que tengo día tras día, muchas de ellas hasta me da vergüenza verbalizarlas porque soy consciente de que son paranoias que me monto yo sola, por eso las digo entre sollozos y muecas que pretenden ser sonrisas, en un intento de disimular los sombríos pensamientos que deambulan por ese laberinto que es mi cabeza. Pero, por otro lado, estoy aquí para recuperar las riendas de mi vida, quiero superar esto, asumir y adaptarme a lo que ha pasado. Para conseguirlo tengo que ser sincera conmigo misma y con la psicóloga, aunque ello implique expresar en voz alta falsas creencias patéticas que no me atrevería a decir a nadie; como por ejemplo, la relación que establece mi cerebro entre la sordera súbita y la muerte súbita. De repente, me descubro pensando: “al igual que me ha pasado la primera de ellas, el día menos pensado me puede acontecer la segunda”.
Ante la abundancia de pensamientos de este tipo la psicóloga me propone un ejercicio para la próxima sesión, tengo que escribir en una tabla lo siguiente:

Fecha, hora y actividad
Pensamientos automáticos
(credibilidad, %)
Sentimientos
(intensidad,
0-10)
Pensamientos alternativos
(credibilidad, %)
Sentimientos
(intensidad,
0-10)
     
En la primera columna, debo especificar la fecha, la hora y la actividad que estoy realizando en el momento del pensamiento automático.
En la segunda columna, explico lo mejor que puedo el pensamiento automático que me asalta, la mayor parte de las veces casi de forma inconsciente. Suelen ser pensamientos negativos a los que debo dar caza para analizarlos y darles un porcentaje sobre la credibilidad que les adjudico en ese momento, es decir, si me los creo mucho o poco.
En la tercera columna, debo escribir los sentimientos que me generan esos pensamientos automáticos y darles una puntuación en intensidad de 0 a 10. Por lo general los pensamientos negativos me generan ansiedad alta, angustia, tristeza o ira, entre otras emociones, pero debo pararme a observarlo.
En la cuarta columna, debo anotar los pensamientos alternativos que se me ocurran en contraposición a los pensamientos automáticos, es decir, razonar los pensamientos automáticos y desmontarlos con argumentos racionales y ajustados a la realidad, de la misma forma debo darles un porcentaje de credibilidad.
Por último, después de este análisis, anotaré en la quinta columna los nuevos sentimientos que surgen de los pensamientos alternativos y racionales, aportándoles una intensidad de 0 a 10.
Por lo visto después de un tiempo haciendo este trabajo, los porcentajes de unos pensamientos y otros suelen variar hacia una mejoría gracias a la observación y análisis de los mismos. Esta semana empezaré a hacerlo y el próximo día traeré mis anotaciones para analizarlas con ella.
Me voy de la consulta más tranquila y feliz después de hablar con la psicóloga de mis angustias, ya que desde que mi mejor amiga desapareció del mapa siento que mi red social, siempre un poco escasa, se ha rasgado de lado a lado.
Ahora más que nunca siento lo que significa vivir en esta sociedad líquida tan bien descrita por Bauman, en donde parece que a nadie le importa nadie, nos hemos convertido en objetos de usar y tirar, relaciones líquidas basadas en intereses propios, sin profundizar en la esencia de las personas.
Me siento náufraga en un mundo en el que quedan muy pocas tablas sólidas a las que asirme, pero aún creo que hay personas que merecen la pena.



Lunes, 03 de diciembre de 2012

Llego a la consulta del otorrino, lo primero que me pregunta es qué tal estoy y le contesto que sigo igual. No necesito la audiometría para saber que mi oído izquierdo sigue ahogado en ese mar muerto donde sólo flotan los acúfenos como plancton venenoso.
Llevo un mes usando el Ipod que me regalaron mi hermana y mi cuñada hace cuatro años, para poner música a volumen bajo con un auricular en el oído sordo, lo que algunos estudios han llamado terapia sonora, y no me ha servido de nada.
El hijo de una amiga de mi madre me informó de esta terapia y como no tenía contraindicaciones no perdía nada por probarlo. Según la investigación llevada a cabo algunos pacientes habían recuperado un porcentaje de audición considerable y lo relacionaban directamente con la estimulación sonora del oído gracias a la música. En mi caso no tuve tanta suerte, después de estar un mes con el auricular una media de ocho a nueve horas diarias con música que ni siquiera oía, desistí de mi experimento particular.
En todo caso, toca hacer la audiometría y comprobar el nivel de sordera. La gráfica sigue exactamente igual a la anterior, la inyección intratimpánica no me ha hecho efecto, por lo tanto el médico me dice que no merece la pena poner otra, ya que la mejoría ha sido nula. Llegados a este punto el doctor concluye notificándome que se han acabado los tratamientos.
Le digo que sigo con vértigos y él me dice que al principio puede ser normal hasta que el cerebro se acostumbra a la pérdida del oído y se adapta a la nueva situación, pero que después de tres meses sorda ya debería estar mejor, por lo tanto me recomienda hacer una prueba calórica en los oídos para determinar si el aparato vestibular está dañado. Debo volver el 19 de enero para realizar la prueba. Fin de la consulta.     

Mi familia tiene una extraña obsesión con la belleza y con la delgadez, todo lo que sea feo o gordo no merece vivir. Lo primero que uno piensa es que debemos de ser unos bradjelina, pero curiosamente todos los miembros de mi familia somos antiestéticos o rollizos. Quizá por eso nos martirizamos con supuestas dietas milagro o con fantasías de cirugía plástica que nunca llegan por falta de valentía.
A mí me tocó ser fea, no soy carnosa, siempre he sido flaca, de niña no me gustaba comer, sólo me gustaban las lentejas y el pollo al ajillo que hacían en un restaurante cercano a mi casa. Mi madre se peleaba conmigo para que comiera pero yo me resistía a probar todo aquello que tuviera un aspecto desagradable para mis sentidos, que por desgracia era la mayoría de las veces. A mi padre esto lo exasperaba y me castigaba a comer las sobras en la siguiente comida, y en la siguiente, y en la siguiente; así hasta que la comida estaba fosilizada y cada vez era más difícil comérmela, entonces venía mi madre y me perdonaba el castigo a escondidas, siempre bajo la misma frase «no se lo digas a tu padre».
Una noche, mi padre tuvo que darme la cena porque no estaba mi madre, yo me puse repunante para variar, porque no quería comer; entonces mi padre, que no tenía tanta paciencia como mi madre y aprovechando su ausencia, me metió la cabeza en el plato de sopa de un manotazo mientras me decía que comiera. En ese momento, empezó a sangrarme la nariz, del golpe contra el plato y al final me fui a la cama sin cenar.
También me obligaban a beber un vasito de leche porque decían que si no me iba a quedar como una liliputiense y nunca crecería, sólo conseguía beberlo de penalti si la leche estaba fría y con la nariz tapada. Otras veces, cuando había filete de ternera y no me gustaba porque se me hacía un bolo en la boca, le decía a mi madre si podía sustituirlo por cuatro petit- suittes, ya que había oído en el anuncio de la tele que alimentaban lo mismo que un bistec.
En fin, a pesar de la poca comida fui creciendo y no me quedé enana como pensaba que me iba a ocurrir.
Quizá fuera por esta especie de deslealtad genética que mi familia nunca me ha perdonado que estuviera delgada, por eso siempre que han tenido oportunidad me han recordado que soy la portadora de unas facciones imperfectas, con una mente poco cultivada y «la pequeña» de la parentela, con todas las connotaciones que eso conlleva; por lo que mi opinión rara vez ha importado algo. Han sido tan convincentes que con el paso del tiempo esa idea ha arraigado en mí con la misma naturalidad que un cuco deja sus huevos en el nido de otra ave.
Recuerdo cuando era niña y me salía algo bien, sin que fuera ninguna maravilla, claro; pero en seguida venía algún familiar y me decía «te salió bien, pero no te lo creas». Ahora, con el paso de los años entiendo lo que me querían decir con esta frase. En realidad, pretendían decirme que no fuera una engreída ni una vanidosa. Pero yo era una cría y no lo entendía, lo interpretaba de forma literal y a base de no creérmelo me convertí en una persona acomplejada y poquita cosa. Por eso, intentaba esforzarme más, para ver si la siguiente vez hacía mejor las cosas y no me decían que no lo creyera, pero siempre acababa oyendo la misma expresión. Era frustrante.
Te pasas la vida intentando no decepcionar a tu familia y en el fondo es una pérdida de tiempo, porque al final descubres que los demás piensan lo que les da la gana; aunque no se ajuste a la realidad, aunque hayas cambiado a lo largo de los años, observas que es imposible quitarte de encima el sambenito por los comportamientos del pasado.
Muchas veces me siento como una desconocida entre mi propia familia, como si no fuéramos ramas de un mismo árbol. Siento que me ven como una persona sosa, aburrida, sin creatividad e inflexible. No soy yo. Soy muy sensible ante esa visión que tienen de mí, lo que hace que la mayor parte de las ocasiones no cuente cosas importantes de mi vida e intente pasar desapercibida. No me gusta ser el centro de atención, porque es, en ese momento, cuando escucho comentarios que lastiman mi ya escasa autoestima.
Por otro lado, soy consciente de que cada miembro de esta maraña familiar va buscando su espacio, intentando encontrar su lugar, adaptándose a su rol. En el fondo, creo que todos estamos marcados por diferentes decepciones y expectativas rotas sobre cómo nos gustaría que fueran los demás.
Siempre falla algo. Desde que somos una tortilla desestructurada, estamos dispersos. El divorcio de mis padres no se desarrolló con la naturalidad que todos hubiéramos deseado. El cielo se nubló repentinamente como en una película de terror, el jardín happy flower en el que todos bailábamos con ingenuidad se transformó en un secarral propio de la Familia Monster, en donde cada uno intentó salvar lo que pudo: mi madre llevó el rosal con el corazón sangrando por las manos, mi hermano portó un esqueje de madreselva que consiguió prender con dos vástagos, mi hermana recuperó el girasol para seguir el camino en torno a su gran astro amoroso, yo conseguí flotar como un nenúfar amarillo y solitario, mientras que mi padre sólo se llevó piedras para construir su peculiar muro defensivo y atrincherarse tras él.
Finalmente, cada vez que alguien me pregunta, siempre me lleva a contestar lo mismo «la familia bien, gracias».




Jueves, 06 de diciembre de 2012

Nací hace treinta y cuatro años, en el 78 con la Constitución. Tenía un profesor de dibujo en la escuela que nos decía que éramos constitutos y constitutas. En ese momento sonaba más a prostitutas, parecía que nos insultaba, pero lo decía con buena intención. Pretendía que fuéramos conscientes de haber nacido con el comienzo de una época más abierta y democrática, que éramos el futuro de un país quebrado con intención de remendarse y que de nosotros dependía la sociedad que creáramos. Ponía todas sus esperanzas en que tomáramos las decisiones adecuadas. Demasiada responsabilidad para unos críos que no vivimos la represión y que tuvimos de todo. Es difícil ser un ciudadano libre cuando te educan para ser mero consumidor pasivo de tonterías que te hacen creer que necesitas, o cuando la generación tapón de cincuenta y largos te impide avanzar en el mercado laboral, así como en la toma de decisiones políticas que afectarán a tu vida, cercenando la posibilidad de otra visión del mundo.
A este profesor le llamábamos «el besugo» por sus ojos saltones, para que luego hablen de la ingenuidad o de la bondad innata de los niños. Por lo que veo en el trabajo, una gran cantidad de niños son tan cabrones como muchos adultos, sólo hay que observarlos cuando creen que nadie les ve y sale a relucir su lado más oscuro y turbio, diría incluso una maldad intrínseca que sale de lo más profundo de su pequeño ser.

Al poco tiempo de nacer ya me marcaron como hacen con todas las niñas, tu familia te trata como a un ternerito, la primera marca antes incluso de tener nombre es cuando te hacen los agujeros de las orejas, por el simple hecho de ser niña ya te ponen pendientes como a un muñeco, en lugar de tratarte como a un ser vivo.
Después viene el nombre propio, te lo graban a fuego hasta que lo interiorizas y a partir de ese momento crees que no puedes escapar de él, formáis un ente inseparable. Por fortuna yo pude escapar de mi patronímico, aunque tuve que esperar mucho tiempo para poder hacerlo.
Durante dieciocho años me llamaron Mariana para mi disgusto. Nunca me sentí cómoda con ese nombre, no formaba parte de mí, menos aún cuando alguien tenía la ocurrencia de usar el diminutivo para dirigirse a mí como Mari, momento en el cual yo empezaba a arder furibunda y no dejaba títere con cabeza.
Por todo eso y más, el mismo día que cumplí la mayoría de edad como acto de rebeldía hacia mis padres fui al registro civil y solicité el cambio de nombre, tenía muy claro cómo quería llamarme.
Llevaba cinco años fascinada por el cine y la interpretación, quería ser actriz, pero era un sueño imposible de cumplir ya que no tenía los medios económicos ni las capacidades personales, aunque en ese momento yo creía que sí, y los únicos que me impedían perseguir ese anhelo eran mis padres, puesto que se negaban a financiarme la carrera de arte dramático, porque decían que no tenía ningún futuro.
Finalmente, llevé a cabo mi pequeña venganza y decidí llamarme Natalia en homenaje a una de mis actrices favoritas Natalie Portman, lo traduje al español porque no me va esa moda cutre y hortera de llamar a los niños Jonathan, Cristian, Jennifer o Bárbara, me resulta de lo más descontextualizado y además hay nombres autóctonos muy bonitos que forman parte de nuestra cultura más cercana.
Pero si tenemos en cuenta el desdén generalizado que hay hacia la cultura entendemos mejor el comportamiento de algunas personas y cómo los dirigentes políticos se aprovechan de esa mentalidad. Es como el pan y circo de la época romana, sólo que ahora en lugar de pan les dan hamburguesas por un euro y en lugar del circo está el fútbol. De esta forma el estamento más alto explotador mantiene a la clase baja a raya, que en muchos casos, además, se enorgullecen de vivir en ese limbo de ignorancia y esclavitud, sin la más mínima conciencia de clase, y jodiendo al vecino cuando tienen oportunidad.
Cuando pienso así, siento que pierdo toda esperanza en el ser humano. Yo provengo de una familia de baja posición que a base de estudiar y trabajar conseguimos llegar a formar parte de la anhelada clase media, ahora empobrecida y acomodada, que quiere cambiar algunas cosas de la sociedad en la que vivimos pero desde el sofá y a ser posible sin mucho esfuerzo, mejor si es con el mando a distancia que levantándose uno para cambiar el canal de la televisión, y si es dándole al botón «me gusta» en cualquier red social, mejor todavía que sólo hay que mover el dedo índice.
A pesar de todo, soy habitual en las manifestaciones que hay para protestar, pacíficamente, por los recortes que están haciendo desde el Gobierno y dejar claro con mi presencia que no estoy de acuerdo con el desmantelamiento del estado de bienestar que tanto costó construir. Lo curioso es que siempre estamos los mismos, somos cuatro gatos que ya nos conocemos de vista, y  que, paradójicamente, muchos tenemos trabajo.
Por eso siempre me pregunto ¿dónde están los seis millones de parados, porque no salen a la calle todos juntos para reclamar una vida digna? Les estaría bien a los políticos corruptos, por todo lo que nos están haciendo tragar. Pero tienen suerte, ya que no hay la suficiente unión entre los ciudadanos, ni un fuerte sentido de colectividad.    




Sábado, 19 de enero de 2013

Llego a la clínica con mi marido (me acompaña por si me da un mareo fuerte), para que una enfermera me haga la prueba calórica.
La prueba consiste en tumbarme en una camilla, me pone unas gafas opacas, después me echa agua fría en un oído y me mueve la cabeza con cierta brusquedad mientras yo mantengo los ojos abiertos para que las gafas registren mis movimientos oculares, esos registros son enviados a la pantalla de la máquina que va haciendo una gráfica, luego se repite la misma operación con el otro oído. Por último, se hace lo mismo pero con agua caliente.
Una vez hecho el análisis la enfermera no me dice nada del resultado ya que de eso se encarga el médico, tengo que volver al otorrino el 28 de enero para que me lo explique. No estoy más mareada de lo habitual y la prueba no me ha dolido, menos mal.
Nos vamos de la clínica con la intención de disfrutar lo que podamos del fin de semana ya que, últimamente, tenemos el ánimo por los suelos.

¿Qué clase de persona enferma cada vez que la mandan a trabajar lejos de su casa y de su marido? Yo. Y unas cuantas personas más que conozco, pero el mal de muchos no me consuela ni me devuelve el oído.
Hace dos años me mandaron lejos y empecé a tener amigdalitis cada quince días, al final me tuvieron que operar. Me hicieron una amigdalectomía a los 32 años, claro que después de llevar toda la vida con amigdalitis de repetición y de cargar con unas amígdalas del tamaño de pelotas de golf, el postoperatorio no fue tan doloroso como me habían advertido.
Soy una persona bastante solitaria, pero no llevo bien separarme de mi marido, creo que es un problema de dependencia emocional. Además, me cuesta encontrar gente con la que conectar, siempre acabo poniéndole alguna pega a los demás: «es muy facha», «habla sin saber», «no deja hablar», «¡qué prepotente!» y me sirve de excusa para volver a mi rollo.
Sé que es importante tener un empleo del que poder vivir, pero para mí el trabajo no es más que eso, trabajo. A pesar de lo difícil que fue conseguirlo y de lo mucho que lo valoro por este motivo, soy más feliz cuando estoy de vacaciones y no tengo que trabajar, siento que recupero mi vida, mi sensibilidad, mis sueños. La rutina del trabajo diario me embrutece, en ocasiones ni me reconozco y tengo que forzarme a parar y pensar lo que estoy haciendo, recordar que yo no soy así.
Además, al paso que voy, no sé cómo terminaré, ya no tengo amígdalas y estoy sorda de un oído. Si cada año que me mandan lejos de casa pierdo algún sentido o alguna parte más de mi cuerpo acabaré ciega, coja o manca, me convertiré en «la tullida de gimnasia», el último personaje de Tim Burton.



 Lunes, 28 de enero de 2013

Hoy tengo cita con el otorrino para saber el resultado de la prueba calórica pero como no me encuentro bien para conducir hasta allí, le pido a mi madre si no le importa ir a ella con una lista de preguntas para aclarar las dudas que tengo. El médico contesta a todas las cuestiones que le plantea mi madre y parece que me quedo más tranquila.
El resultado de la prueba calórica muestra síndrome vestibular con una hipofunción del 77% del oído izquierdo con preponderancia del 10% en el derecho. Conclusión: el supuesto virus que me ha dejado sorda también ha dañado mi sistema vestibular por eso aún tengo mareos y vértigos cuatro meses después del día D y la hora H.
Me dan más tratamiento para los vértigos durante dos meses, no pasa nada por no haber ido yo a la consulta, por lo que dice el doctor lo que me pasa no es nada grave y con el tiempo me encontraré mejor, cuando mi cerebro se acostumbre a la nueva situación. También le da a mi madre una hoja con una serie de ejercicios de reeducación vestibular, para que los practique y me ayude a mejorar el equilibrio.

 Me voy a la ducha, me quedo un rato bajo el agua caliente mientras pienso qué haría si me dijeran que voy a morir en poco tiempo, en los últimos meses ha sido un pensamiento recurrente. Pienso que me voy a morir de repente, de forma súbita igual que perdí el oído.
En ese momento toco madera, soy una atea llena de supersticiones, bueno como no hay madera en la ducha me toco la cabeza que para el efecto es lo mismo, ya que para tener pensamientos de este tipo debo tener más serrín que cerebro, aunque la psicóloga me diga lo contrario.
Que soy una neurótica es evidente, pero ¿será normal ser tan catastrofista? Los pensamientos negativos invaden mi cabeza a menudo, como polillas agujereando mi cerebro, convirtiéndolo en detritus, y siempre implican una muerte violenta; que muero en un accidente de tráfico, que muero atropellada, que muero por una teja que me cae en la cabeza, que muero ahogada intentando salvar a alguien, que muero de un infarto, que muero súbitamente sin causa aparente, que muero cayéndome por las escaleras desnucada, o que muero asesinada a cuchilladas por un alumno psicópata y no digo más para no dar ideas... Es como la película Destino Final en la que la muerte te persigue allí a donde vas hasta que te alcanza, sólo que, por suerte, aún no ha llegado mi triste momento.
Esta forma de barruntar, quizá sea porque me siento sola ante la inmensidad que me rodea, soy minúscula, tan insignificante que si muriera ahora mismo el planeta seguiría girando, me perdería la belleza de los días, los olores del mar, la música y todo aquello que me hace vibrar.
Empiezo a llorar y las lágrimas se mezclan con el agua que corre por mi cara, no voy a morir y sin embargo parece que creo lo contrario. La línea entre la cordura y la locura es tan fina que, a menudo, no sé cómo mantengo el equilibrio. Me siento como una funambulista con red, que aparenta ser prudente pero en realidad soy un fraude, nadie sabe las reflexiones tan descabelladas que tengo.




Jueves, 14 de febrero de 2013

Sigo de baja médica, no me siento bien para volver al trabajo. Así es, la verdad es que me siento incapaz de enfrentarme a un grupo de adolescentes gritando como desquiciados en un pabellón deportivo.
Estoy bregando con mis miedos, siguiendo las migas de pan que me deja la psicóloga. En cada sesión me pregunta si he reflexionado sobre los pros y contras de volver al trabajo, pero yo sólo veo contras y ningún beneficio. Realmente estoy aterrorizada, me asusta no oír a los alumnos, que me empeoren los vértigos o los acúfenos, que no pueda soportar el ruido del gimnasio, que me aturda la reverberación, que se note la sordera y se metan conmigo o cualquier cosa que me coja por sorpresa.

Imagino cómo sería mi vida si hubiera luchado por ser actriz, no sé si en una realidad paralela lo hubiera conseguido pero en mis fábulas pienso que si, para algo está la imaginación, ¿no?
Hoy fui espectadora, asombrada, de una de estas fantasías hechas realidad.

La función va a empezar, el teatro se llena de gente que va tomando asiento. En ese momento Lois, camuflado bajo una gorra de béisbol, una densa barba y unas enormes gafas, se sienta en la fila siete intentando pasar desapercibido en medio de la multitud del patio de butacas. Está serio, alerta, no quiere ser reconocido ni que nadie le desvíe de su propósito.
Suena el timbre y se apagan las luces, empieza el espectáculo. Martina sale al escenario. No sabe que Lois está allí, observándola desde la oscuridad del público, analizando cada uno de sus movimientos y deseándola más que nunca, porque ansía volver a tocarla y sentirla con tanta intensidad que no ha podido aguantarse las ganas de colarse en el teatro, a hurtadillas, para verla en todo su esplendor.
Ella, sobre el tablado, habla de amor y baila con su compañero de reparto mientras Lois es invadido por un sentimiento de amor tan fuerte que una corriente eléctrica recorre su cuerpo dejándole inmóvil en el sillón. La ama, la ama, es la mujer de su vida, no puede apartar la vista de su cuerpo en movimiento, vestida por un halo de luz que la hace mágica, la adora y admira su talento para la interpretación.
Martina, ardorosa e inconsciente aún de su presencia, está actuando sólo para él. Le quiere, le añora y se mueve con la misma pasión que se han amado en tantas ocasiones. Quiere volver, cree que se merecen otra oportunidad y desea que él esté allí con su mirada penetrante entendiendo su mensaje a través de la estela que deja su movimiento corporal. No hacen falta más palabras, su cuerpo se trasluce, se transparenta para ver latir un corazón vigoroso que da vida a una mente apasionada y llena de amor.
Se quieren, sólo falta que sus miradas vuelvan a cruzarse.
Termina el espectáculo. Después de dos rondas de aplausos el público empieza a levantarse para abandonar el teatro. Se observan caras desconcertadas, absortas todavía en la historia recién contada. Lois sigue serio, disimulando, le gustaría ser invisible en ese preciso momento en el que varias miradas se posan en él, con extrañeza pero al mismo tiempo con esa sensación de familiaridad de encontrar una cara conocida. Quiere desaparecer lo antes posible, por eso se levanta de su butaca y se dirige con cierta impaciencia hacia la puerta principal. Una vez allí, saluda cortésmente a una mujer para, acto seguido, coger el camino de la izquierda y desaparecer en un soplo por la primera esquina que parece bordear el teatro. Busca la entrada trasera bajo la lluvia y la oscuridad de la noche, el amor en el norte es así, siempre pasado por agua. Va a buscar a Martina, tiene que verla, felicitarla por su actuación y llevar a cabo su plan de reencuentro.
Hablará con ella, se abrazarán, se besarán, se mirarán a los ojos y volverán a amarse como sólo ellos saben hacerlo; con sus caricias y sus risas, con la complicidad de dos mentes unidas por ese cordón umbilical invisible, que convierte el amor en un sentimiento inmortal.




Domingo, 17 de febrero de 2013

Mi padre sigue sin dar señales de vida, no llama ni parece que le importe mucho mi ensordecimiento. Así es la vida, qué le voy a hacer.
En su imaginario, mi madre aparece en una habitación secreta con muñecos de trapo atravesados por agujas, con los que le hace vudú y le envía un mal de ojo tras otro. Además, en ese cuarto oscuro tiene las paredes llenas de recortes de revistas, como una psicópata, y fotos de sus hijas cercenadas por el cogote, haciendo composiciones mixtas con la cara de mi hermana y mi cuerpo. Su Frankenstein personal.
En fin, que mi madre tiene sus cosas, sí; pero de ahí a que sea ese personaje inventado por mi padre, hay un abismo.
Pero las cabezas están así. No conozco a una sola persona cuerda en mi familia, ni en la de mi marido, por supuesto.
Estamos todos locos de atar, perdidos. Pero pensándolo bien, ¿quién no está chaveta en este mundo en el que vivimos? Si es que está a la orden del día, el consumo de ansiolíticos se ha disparado en los últimos años. Ahora lo raro es encontrar a personas que no se medican por problemas psicológicos, la salud mental se ha convertido en otro nicho de mercado.
Como diría mi querida Bruja Avería «Viva el Mal, Viva el Capital». Estaría orgullosa de que su sociedad capitalista avanzara hacia este neoliberalismo que arrasa con todo; incluidas víctimas incautas del sistema, consumidoras compulsivas de medicamentos para sobrevivir en un mundo injusto. Ya no somos ciudadanos, el término actual es: consumidor, tanto compras tanto vales.




Sábado, 23 de febrero de 2013

Me he levantado a las diez de la mañana, aturdida, como es habitual desde que estoy sorda, pero un poco más descansada, ya que entre semana me levanto a las ocho con mi marido para no perder el hábito de madrugar y no descolgarme de las rutinas diarias. Así, cuando esté mejor y pueda volver al trabajo no notaré tanto el cambio, aunque el despertador siempre fastidia.

Hoy hace 32 años que un militar intentó dar otro golpe de Estado en España. Yo tenía 2 años y medio con lo cual no me enteré de nada, pero he visto las imágenes tantas veces por la televisión que una llega a dudar si es un recuerdo de ese momento o simplemente la repetición año tras año de su aniversario.
Menos mal que este ataque no funcionó. Al militar lo juzgaron, fue a la cárcel y España pudo continuar con su transición democrática, con sus luces y sus sombras pero democracia al fin y al cabo. Por fin, la dictadura de casi cuarenta años empezaba a quedar atrás.
En el año 1936 el golpe de Estado contra la II República provocó la guerra civil que duró hasta el año 1939. En esos tres largos años murió mucha gente por culpa del fascismo, dicen que entre quinientas mil y un millón de personas. En mi familia también hubo víctimas y supervivientes de la barbarie que arrasó España a manos del régimen franquista.
Con el paso de los años, los restos mortales de mis antepasados convertidos en polvo siguen en la misma zanja donde los mataron, irreconocibles junto a otros seres que un día tuvieron una vida y que la fatalidad hizo que se encontraran en el lugar, la hora y el año equivocado de una guerra que no debió existir.
Ahora sólo nos queda cumplir con la ley de Memoria Histórica del año 2007, para intentar compensar los agravios comparativos que ha habido hacia los republicanos asesinados, y que los familiares vivos podamos honrar y enterrar dignamente a nuestros muertos.
No me gusta vivir en un país donde aún hay gente que ensalza la figura del dictador, donde hay monumentos y calles que lo recuerdan. No es democrático, aún nos falta llevar a cabo una segunda transición donde avancemos de verdad hacia una democracia libre y transparente, con una ciudadanía educada en valores como la tolerancia y el respeto a los demás. Por desgracia, nos queda mucho por avanzar.



 Lunes, 25 de febrero de 2013

Me han dicho que la fisioterapia me puede venir bien para los vértigos, por eso empiezo hoy la primera sesión con el fisioterapeuta al que ya he ido en otras ocasiones por problemas de espalda.
Llego a la consulta y le explico el cuadro clínico que tengo encima. Empezamos la sesión y al salir me siento peor que cuando entré, mal síntoma. La fisioterapia puede doler un poco con alguna técnica concreta pero, por lo general, suele ser al principio de la manipulación y a medida que avanza te sientes mejor, pero en esta ocasión no fue así.

Mi marido y yo hemos decidido no tener hijos, lo hemos hablado muchas veces a lo largo de los años, sobre todo en los últimos cinco, desde que tengo trabajo estable. Es una decisión muy meditada y razonada.
Tener perro me ha dado una referencia de lo que supone ser responsable de un ser vivo, si ya el pobre Beato da un trabajo de mil demonios y su delicada salud te llena de preocupaciones, ¿cómo vamos a afrontar el reto de tener un hijo?
Si el adiestramiento de Beato que pudo durar un año ya provocó una grieta en nuestra relación como pareja, ¿cómo vamos a salir parados de la educación de un hijo que dura toda la vida? Ninguno de los dos quiere esa pesada carga sobre su espalda.
Si levantarte a las siete de la mañana para ir al trabajo ya supone un esfuerzo titánico, ¿cómo vamos a aguantar noches en vela por un bebé que no puede dormir?
Somos personas nerviosas, nos inquietamos con demasiada facilidad y no nos conviene meternos en ese berenjenal, por el bien de todos.
Por otra parte, soy de las personas que creen que ya hay demasiados humanos en el planeta como para seguir trayendo más al mundo. Somos una plaga cuya mayoría malvive como puede.
Como en España cada vez nacen menos niños, lo mejor será que abran las fronteras y dejen entrar a las personas que quieran venir a trabajar y a vivir de forma pacífica.
Por otro lado, si quisiera tener hijos preferiría adoptarlos, hay muchos niños huérfanos que necesitan una familia, que están solos. Por eso, no entiendo qué sentido tiene parir a tus descendientes sólo por el hecho de que tengan tu sangre; es un gesto tan dominante y vanidoso, transmitir tu ADN como si fuera el único del universo. ¿Hay algo más egotista que crear un miniyo?
A muchas personas mi elección es la que les parece egoísta, ¡alucino! Sinceramente, en mi opinión es igual de egoísta una opción u otra, ya que es una decisión personal y finalmente una hace lo que quiere. Lo que no aguanto es ver a esa gentuza que los tiene y luego no les dan los cuidados que necesitan o por el contrario los sobreprotegen, teniendo los mismos efectos devastadores; algo que, por otro lado, presencio a menudo en el trabajo. Eso sí que lo detesto.
También hay personas que tienen hijos para llenar el vacío de la existencia, como si el bebé lo fuera a llenar. Por desgracia, cuando se dan cuenta de que el hueco sigue ahí ya es demasiado tarde y ya han alumbrado, entonces es cuando aparece la depresión u otros problemas y empiezan a transmitirle sus neurosis al retoño, que crecerá con una educación emocional bastante lamentable.
Todos deberíamos aprender a manejar la vacuidad existencial inherente al ser humano e intentar llenarla de forma constructiva, sin fastidiar a nadie. Soy consciente de que es una oquedad que, a veces, parece inabarcable; sin embargo, en otras ocasiones se atenúa por un momento en el que la vida te parece perfecta, como después de un buen orgasmo.
Además, ¿cómo quiere el gobierno que tengamos descendencia si no facilitan lo más mínimo la vida familiar? Es más, el gobierno actual de derechas desearía que las mujeres volviéramos a la cocina y sólo saliésemos de allí para ir al paritorio. Con las leyes que están aprobando y con el retroceso tan grande que están provocando no están muy lejos de conseguirlo pero conmigo que no cuenten.  
Prefiero centrarme en disfrutar del sexo, no quiero ni pensar cuanto tiempo te quedas sin poder follar desde que das a luz y cómo te queda el chichi…oh, my God! Te conviertes en un cuerpo desgarrado desde lo más profundo, para que luego hablen del misterio de la vida, yo diría el misterio de cómo recuperar tu vulva y tu vagina. Por lo que sé, hay que realizar ejercicios del suelo pélvico, tales como usar bolas chinas apretando los músculos de la zona vaginal para evitar que se caigan o apretar y relajar el chichi cuando estás sentada en el sofá viendo la tele. Como es invisible lo puedes hacer en cualquier momento, incluso en una reunión de trabajo en la que sólo escuchas estupideces (algo bastante habitual, por cierto) pues aprovechas y ejercitas tu vagina mientras pones cara de «me interesa muchísimo lo que estás diciendo». De esta forma fortaleces la musculatura pélvica y recuperas su tonicidad para volver a tener orgasmos intensos; siempre y cuando el churumbel te deje, por lo menos, veinte minutos al día para un quiqui exprés, claro.
Disfruto del sexo, ¿por qué estropearlo teniendo hijos?
La mayoría de las parejas que conozco dejan de follar en cuanto tienen niños, claro, es más difícil buscar espacio y tiempo para hacerlo, sumado al cansancio que provoca el cuidado y la educación de los críos. Al final la libido cae por los suelos.
Nadie me convence de lo contrario, además con todo el tiempo que he tardado en encontrar un trabajo «digno» (sin contar los recortes que empezaron el mismo año que aprobé y sin contar las faltas de respeto que tengo que soportar de alumnos maleducados), aún ahora estoy empezando a disfrutar de mi vida, después de casi una década perdida bailando entre el paro, las oposiciones y los trabajos mal pagados. Curiosamente, mi crisis económica duró los años de la burbuja inmobiliaria, esos años de prosperidad especuladora, de falsa riqueza a base de pelotazos y corrupción, en donde todos eran nuevos ricos menos yo y unos cuantos pringados más que seguíamos estudiando, con la creencia y la ilusión de que así conseguiríamos un buen trabajo. Muchos se quedaron por el camino injustamente, defraudados por un sistema podrido que no sabe cuidar a sus ciudadanos. Soy consciente de que yo misma podría haber sido una de ellas, de hecho lo fui durante un tiempo que para mí supuso una eternidad.
Elijo libremente no ser madre y soy más feliz. Pero, como parece que hay que ponerle nombre a todo y encasillarlo para que entre en los reducidos esquemas de nuestra cabeza, ahora resulta que las mujeres que no queremos tener hijos pertenecemos a lo que a alguien le ha dado por llamar la Generación NoMo (Not Mothers).
No entiendo esta sandez, ni porqué las mujeres que no queremos tener hijos tenemos que dar explicaciones sobre esta elección personal, mientras que los hombres de la misma condición no son encasillados ni se les exige que expongan los motivos de su opción vital. Es lamentable, pero seguimos viviendo en una sociedad patriarcal y marcadamente machista, donde las mujeres que decidimos no ser madres parecemos monstruos egoístas, nos definen por ello y nos miran como si fuéramos bichos raros.
Además, algunas personas cuando tienen críos se vuelven necias. Desde hace unos diez años, más o menos, se ha extendido una extraña costumbre por el norte, algo así como una neurosis colectiva, que consiste en que las madres de hijos únicos viajan en el asiento de atrás del coche con el niño, mientras el marido conduce sentado sólo delante como un taxista. ¡Socorro! Que alguien me explique semejante aberración. Parece que este tipo de madres no pueden separarse ni un milímetro de su bebé, si fuera por ellas seguirían con el cordón umbilical unidas al hijo para llevarlo con correa a todas partes.
También están aquellos que tienen hijos con la intención de que éstos les cuiden cuando sean viejos, esto es lo más, de lo más, porque aún encima esta responsabilidad suele recaer sobre las hijas (un machismo más). Una piensa que hoy en día ya no pasa, que son cosas del pasado, pero ¡qué va! Está muy instalado en la mentalidad de la mayoría de la gente, pero no tiene ni pies ni cabeza. No escogemos nacer, por lo tanto me parece muy injusto hacerle cargar a las hijas con la responsabilidad del cuidado de los ancianos; por ejemplo, si yo quisiera tener descendencia sería porque anhelo ejercer la maternidad, no con intenciones retorcidas de futuros cuidados en mi vejez.
El Estado debería tener los suficientes mecanismos para ofrecer una vida digna y de bienestar a las personas mayores, pero, al paso que vamos, la vida de los abuelos cada vez recae más sobre la familia.
Por otro lado, hay personas muy dependientes emocionalmente y bastante cabronas, por cierto, que no dudan en chantajear a sus hijas para intentar suplir sus carencias afectivas y que les solucionen la vida; pero eso no es posible, cada uno ha de vivir su vida de la forma más feliz que pueda sin abusar de los demás.
Al final de mi vida espero llegar a vieja con buena salud, pero si por mala suerte del destino no es así prefiero suicidarme o pedir la eutanasia antes de acabar como un vegetal en una cama o en una silla, dependiendo de alguien para todo. No soportaría estar mal y perder mi autonomía personal, soñando con una vida que ya nunca podría volver a tener.




Viernes, 08 de marzo de 2013

Llevo dos semanas en fisioterapia y no he mejorado nada, sigo con muchos mareos y vértigos. Hoy es la cuarta sesión y, al igual que los días pasados, salgo aún peor que como entro. Vuelvo a decírselo al fisioterapeuta y él, consciente de que no me está ayudando, me recomienda que vaya a la clínica de una compañera suya que además de fisioterapeuta también es osteópata. En su opinión, por el problema que tengo es posible que me funcione mejor algún ejercicio de osteopatía para mejorar los vértigos y los acúfenos. Me da su número y su nombre para que la llame y me dice que lo mantenga informado para saber si con ella mejoro. Me despido de él con agradecimiento por su interés.

Hoy es el Día Internacional de la Mujer, se proclamó este día en agosto de 1910 y al año siguiente se celebró por primera vez. Sólo han pasado 103 años desde entonces, un siglo en el que la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres ha avanzado enormemente, pero todavía es insuficiente y aún hoy en día se producen muchas injusticias y abusos hacia las mujeres en la mayor parte del mundo, incluido el país en el que vivo. Aquí, la influencia de la iglesia católica sobre la política está volviendo a caer como una losa sobre las mujeres y nos quieren quitar derechos adquiridos, como por ejemplo el derecho al aborto. Pero no podrán con nosotras, llevamos 100 años luchando y estamos acostumbradas a pelear.
A los 17 años tuve que abortar. Nunca se lo he contado a nadie, sólo lo sabemos mi marido y yo. Él tenía 19 años. En esa época empezábamos a tener relaciones sexuales y a explorar nuestros cuerpos, todo a base de ensayo-error, ya que de aquella no teníamos charlas de educación sexual en el instituto como hay ahora. No sabíamos usar bien los preservativos y un día se nos rompió uno. Al principio no le dimos importancia, yo no creía que por una sola vez me pudiera quedar embarazada, hasta que lo comprobé en primera persona. Al mes siguiente al ver que no me venía la regla empecé a preocuparme. Compré un predictor en la farmacia más lejana que encontré, no fuera a ser que alguien me conociera y se lo dijera a mi madre, e hice la prueba: «positivo».
El mundo entero se me cayó encima, fue tremendo, ¿cómo podíamos vernos tan jóvenes en ese lío?
Ninguno tenía trabajo, éramos estudiantes  y queríamos seguir siéndolo. Nada tenía sentido, no podía tener un hijo a los 17 años y repetir el patrón de mi madre. «Yo no soy mi madre, no quiero un hijo y menos si no puedo mantenerlo» le dije a mi novio. Los dos estábamos de acuerdo en que tenerlo no era una opción, a partir de aquí surgía el gran problema, cómo hacerlo.
Era el año 1996 y la ley del aborto que estaba vigente era del año 1985, que sólo despenalizaba el aborto en tres supuestos: en cualquier momento si existía «un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada»; en las 12 primeras semanas en caso de violación; y dentro de las 22 semanas si el feto fuera a nacer con «graves taras físicas o psíquicas».
Yo estaba de cuatro semanas y si seguía con el embarazo entraría en el primer supuesto, «grave peligro para mi salud psíquica», primero porque no quería ni podía tenerlo y segundo porque no quería que mis padres se enteraran de algo tan íntimo y personal de mi vida privada que sólo nos concernía a mi novio y a mí.
Teníamos la madurez suficiente para ocuparnos nosotros mismos de nuestros problemas y fue lo que hicimos. Como no podía abortar libremente por no entrar de forma oficial en ninguno de los tres supuestos, tuvimos que buscar una clínica privada en la que no hicieran muchas preguntas. No fue fácil, muchas llamadas desde cabinas telefónicas en la calle, preguntas, buscar ahorros. Por suerte, en esa época mi familia vivía un momento de esplendor económico y yo siempre fui bastante ahorradora, aun así entre los dos tardamos un mes más en reunir el dinero necesario para el aborto y el viaje sin levantar sospechas. El viaje costaba casi lo mismo que la intervención ya que tuvimos que hacer mil quilómetros en coche hasta Barcelona y alojarnos allí cuatro días en una pensión barata y de mala muerte. Aprovechamos unas vacaciones escolares y como mi novio tenía un coche viejo de su padre resultó fácil decir que nos íbamos unos días a conocer mundo.
La clínica parecía un antro, de ahí que hicieran pocas preguntas. Cuando llegamos nos miramos aterrorizados pensando en dónde nos habíamos metido, en ese momento temí por lo que me pudiera pasar, pero ya no había vuelta atrás, o eso o parir un hijo no deseado. Por suerte, el personal médico fue muy profesional y atento durante toda la intervención. Me pusieron anestesia general, rápida y poco profunda ya que me desperté a los 10 minutos y ya había pasado todo. El procedimiento a seguir fue la aspiración, que al parecer es la técnica más utilizada en gestaciones hasta las 12 semanas, como yo estaba de ocho era lo adecuado. Sólo tuvieron que aspirar un embrión del tamaño de una uva, para mí eso no es una vida, sino un conjunto de células en el cuerpo equivocado. Estuve cuatro horas más en observación, y al ver que todo iba bien me dieron el alta.
Los siguientes tres días descansé de la experiencia, paseando por Barcelona, más tranquila porque todo había salido bien.
Preferiría no haber pasado por ello, pero no se puede volver atrás y lo único que me gustaría es que el aborto fuera libre y a través de la sanidad pública para no tener que hacer pasar a las mujeres por los caminos tenebrosos por los que tuve que ir yo.




Miércoles, 13 de marzo de 2013

Es mi primera sesión con la osteópata, le llevo toda la documentación que tengo hasta ese momento con los informes médicos donde dice lo que tengo y le explico la situación. Ella me escucha pacientemente y con mucha consideración, ya que cuando tengo que contar lo que me ha pasado vuelvo a revivirlo y me pongo muy nerviosa, incluso me salen manchas rojas por el cuello y el pecho. Contengo las ganas de llorar y quizá por eso sale a relucir la ansiedad a través de mi piel.
Después de la conversación me tumbo en la camilla y empieza la sesión física, me hace una puesta a punto de pies a cabeza, revisando las articulaciones y la columna vertebral, después pasa a la revisión muscular incidiendo en los puntos débiles. Poco a poco me voy relajando de la tensión anterior y cuando termina la sesión me siento mejor. Por primera vez en cuatro meses puedo decir que me siento «bien», porque aún no estoy segura de las sensaciones que tengo. Es extraño.

Dos años antes de adentrarme en el mundo de la opacidad auditiva cayó en mis manos un libro de Brian Weiss. Según este psiquiatra estadounidense las personas vivimos diferentes vidas, es decir, él cree que al morir nuestro espíritu vuelve a ocupar otro cuerpo y así sucesivamente hasta, no lo sé, el infinito.
El caso es que el libro me enganchó por esa búsqueda enfermiza de consuelo. Como atea, siempre me ha atormentado la idea de una muerte definitiva que te deja en el vacío más absoluto, (como si lo fuéramos a notar, ¿no?).
Sé que no tiene sentido, pero me angustia pensar que algún día dejaré de existir, por eso llevo toda la vida buscando respuestas, deseando creer en algo que mitigue el dolor que me provoca ese pensamiento.
Cuando acabé el libro conseguí otro del mismo autor para prolongar esa sensación de «todo tiene solución, incluso la muerte», contrariamente a lo que se suele decir. Y así estuve un verano entero hasta terminar de leer su cuarto libro.
Mi marido me decía que el autor engañaba a la gente que, como yo, estaba desesperada por encontrar respuestas a sus temores. Puede que tenga razón, pero en lo más profundo de mi ser quiero creer que hay algo más allá de la muerte y me pregunto: «¿y si fuera cierto que vivimos una vida tras otra en diferentes cuerpos? Porque si la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, podría ser que nuestra esencia pasara de un cuerpo a otro para materializarse, para seguir viviendo en estado sólido».
En fin, por mucho que quiera creer no lo consigo, sigue siendo un acto de fe que no acabo de tener claro. Me gustaría tener pruebas, someterme a una hipnosis regresiva (es la terapia que realiza el autor) y comprobar por mí misma si viajo a supuestas vidas pasadas. Sería interesante ver si mi alma guarda algún secreto del que pueda aprender a ser más feliz.
A veces pienso que si las historias que cuenta este psiquiatra fueran ciertas, quizás los sueños podrían ser retazos de esas vidas anteriores que salen de nuestro inconsciente a través de imágenes incomprensibles y por eso no sabemos entenderlos. Claro que esto es una grandísima chorrada, ¿cómo me voy a creer que fue real la pesadilla que tuve en la siesta de ayer?
Soñé que estaba haciendo el amor con mi marido. Hasta ahí todo bien. De repente, empiezo a oír la música de su guitarra en el salón, estamos solos en el dormitorio con lo cual nos miramos a los ojos con pánico y decimos simultáneamente: «¿quién está tocando la guitarra?». Nada más pronunciar estas palabras la cara de mi marido se transforma en un rostro diabólico, con los ojos rojos de fuego y las facciones del Balrog de El Señor de los Anillos de Tolkien. Yo, presa del horror empiezo a gritar con todas mis fuerzas, aunque en realidad sólo me sale un hilillo de voz como cuando sueña mi perro Beato y hace: «hi, hi, hi». Por fin, mi marido me oye y me despierta con un «cariñoso» codazo.



Jueves, 14 de marzo de 2013

Estoy embriagado, lloro, me aflijo,
pienso, digo,
en mi interior lo encuentro:
si yo nunca muriera,
si yo nunca desapareciera.
Allá donde no hay muerte,
allá donde ella es conquistada,
que allá vaya yo.
Si yo nunca muriera,
si yo nunca desapareciera.
Nezahualcóyotl, Ms. Cantares Mexicanos

Voy en tren de camino a una citación, para que una comisión valore el grado de minusvalía que me queda sin un oído. La comisión está formada por una doctora, una psicóloga y una trabajadora social, me harán unas preguntas y enseñaré mis informes médicos. Días después recibiré en casa el resultado de su valoración con el porcentaje de minusvalía que tengo.

Este viaje me hace pensar en la muerte, una vez más. Cuando muera no quiero que me entierren ni que me incineren. No quiero que mi cuerpo se pudra en un tétrico ataúd hasta disolverse, la aniquilación del ser. Este pensamiento me produce una gran ansiedad.
Cuando muera quiero que donen mi cuerpo a una facultad de Medicina, después de donar todos los órganos que aún se puedan aprovechar para personas vivas. Donar mi cuerpo a la ciencia y al estudio médico es la mejor opción para alguien como yo, una neurótica angustiada ante el vacío de su propia desaparición. Además, de esta forma siento que puedo ser útil una vez muerta, me sentiría muy orgullosa si pudiera ayudar a salvar vidas. No me importa que los estudiantes de medicina jueguen con mi esqueleto o mis músculos; hasta me hace gracia, que me diseccionen, que troceen mi cerebro o estudien el motivo de mi sordera si es que hay señales de lesión visibles.
Los cementerios siempre me han causado fascinación, de niña en la playa me gustaba hacer camposantos de arena en lugar de castillos y siendo adolescente dormí una noche de verano con una amiga sobre una lápida. Incluso mantuve una conversación ficticia con el muerto que descansaba a escasos metros bajo aquella losa, pero que en otro tiempo había estado poseído por la vida, había sentido y latido como siento y lato ahora yo, ¿a dónde se han ido los recuerdos, los sentimientos y los pensamientos de lo que un día fue esa persona?
Lo que algunos llaman alma, ¿se evapora del cuerpo muerto o se queda flotando en la atmósfera como una sustancia etérea a la espera de otro cuerpo vivo que habitar? No lo sé, es la eterna pregunta.
En cualquier caso, no quiero que mis restos fósiles acaben en una necrópolis, prefiero que mi cuerpo siga entre los vivos, ocupando un lugar en el mundo.
De despedida, no quiero ningún rito religioso, quien quiera reunirse que lo haga alrededor de una rica mesa de comida y vino tinto, con vistas al mar y que brinden por la vida, que seguirá su curso. Que me recuerden con cariño en cada sorbo de vino hasta achisparse y después que bailen toda la noche al ritmo de la música que más les guste. Que muevan su cuerpo por mí, que estaré estática, descubriendo a dónde se va mi esencia. 




Lunes, 25 de marzo de 2013

Hoy tengo la última cita con el otorrino, me examina los oídos y me hace otra audiometría. Comprueba que sigo sin percibir ningún sonido por el oído izquierdo, el diagnóstico inicial se confirma como una previsión certera. No recuperaré la audición haga lo que haga.
Me entrega un informe final que dice: sordera súbita de oído izquierdo con pérdida estimada del 100% según A.M.A. (American Medical Association) con carácter permanente y presencia de acúfenos que interfieren en la actividad diaria. Además muestra vértigos e inestabilidad en giros bruscos por hipofunción cócleovestibular.
Ya está, se acabó, a partir de ahora sólo tengo que hacer una revisión anual y aprender a vivir con ello, recuperar la felicidad de las pequeñas cosas y seguir adelante con mi vida. Dicho así parece fácil, pero el día a día se hace duro, duermo mal, me levanto tensa, dolor de cabeza, malestar.
Intento hacer vida normal y poner buena cara. He leído que las emociones no siempre van del interior al exterior, ya sabemos que si una se siente bien por dentro lo transmite a través de su cara, pero, al parecer, también se puede conseguir el estado de ánimo que quieres en sentido contrario, de fuera adentro; así que, se supone que si sonríes aunque no tengas muchas ganas, las señales que tu rostro envía al cerebro son de alegría y acabamos convenciendo a la mente de que estamos contentos, finalmente esa emoción se convierte en un sentimiento real. No sé si esto será muy creíble pero yo lo intento, soy muy disciplinada.




Lunes, 01 de abril de 2013

Tengo cita con un médico maxilofacial, porque tengo una gran asimetría facial en la que coincide el lado más hinchado de la cara, el lado izquierdo, con el oído sordo, por eso un dentista me recomendó ir a este especialista. Llego a la consulta y le explico al médico mi situación, él me examina intrigado porque realmente observa una asimetría muy marcada, me manda hacer un TAC facial, ya que me dice que de esta forma es más fácil observar de dónde puede venir la asimetría. Tengo que volver a consulta dentro de una semana con los resultados del TAC.

Es curioso, pero soy asimétrica desde la adolescencia, lo que pasa es que desde que me he quedado sorda soy más consciente que nunca de la asimetría. Antes debía de tener la percepción corporal alterada porque no me daba cuenta de lo evidente y visible que es. Ahora analizo mi cuerpo al milímetro y observo que la desproporción recorre mi cuerpo desde la cabeza a los pies. Empezando por la cara que es lo más patente, pues el lado izquierdo está más desarrollado que el derecho. Vamos bajando hasta llegar al pecho, mi mama izquierda es un poco más grande que la derecha. Seguimos hacia el sur y llegamos a las rodillas, la izquierda siempre me duele más después de ir a correr. Terminamos en el pie izquierdo, donde tengo un Neuroma de Morton, el cual ha crecido hasta un punto en el que me separa los dos dedos afectados y me hace rabiar de dolor con cada carrera.
Puedo pensar que como el cuerpo en movimiento es una cadena cinética, si hay una región dañada es fácil que el dolor o la lesión se transfiera a otras zonas, pero es mucha casualidad que siempre sea el lado izquierdo.
También sé que todos somos asimétricos, pero dentro de unos parámetros aceptables en los que entraría mi figura, pero es que mi cara está fuera de toda regla, parece que tengo un flemón constante y no encuentro un puñetero médico que me lo quite.




Lunes, 08 de abril de 2013

Vuelvo al maxilofacial, introduce el CD con los resultados del TAC en el ordenador y puedo ver al mismo tiempo que él la estructura ósea de mi cabeza, ver mi cráneo me provoca cierta excitación morbosa. En el futuro, cuando muera, estudiantes de medicina tendrán ese cráneo, el mío, en sus manos y espero que les sea de utilidad. Mientras tanto, intento entender lo que me explica el doctor. Lo veo hacer mediciones, con el programa de ordenador, de un lado a otro del cráneo y me dice que aunque la asimetría es visualmente llamativa, a nivel óseo está equilibrada y es mínima, utiliza estas palabras para que yo le pueda entender. Al parecer, la desigualdad abarca todo el cráneo conservando su equilibrio óseo, sin resultar patológica. Por lo tanto me dice que estoy bien, que no encuentra ninguna relación entre la sordera y la asimetría facial, y que no hay nada que hacer. 

Vale, tengo que asumir que soy, definitivamente, antiestética.
Hoy en día, el canon de belleza sigue siendo el modelo de características perfectas aceptado por los escultores egipcios y griegos. Aunque la mayoría de los mortales no conocen las esculturas griegas, tienen en su mente los cuerpos esculturales que salen en la televisión y son sus referentes de belleza, cuerpos pulidos por el gimnasio y caras simétricas que transmiten fertilidad. Y no mi cara que parece un Picasso.
En fin, tengo la autoestima un poco tocada, pero no debo olvidar que hay gente a la que le gusta el cubismo. Al fin y al cabo es imposible gustarle a todo el mundo, ¿no?




Viernes, 12 de abril de 2013

Voy al médico de cabecera, hoy me dará el alta médica para que pueda volver al trabajo el lunes. Aún me cuesta creer que vaya a ir al trabajo dentro de dos días. Llevo seis meses y medio de baja laboral, hace un mes aún me veía incapaz de trabajar, por la inestabilidad y los vértigos que sentía. Pero la osteópata ha hecho maravillas con mi cuerpo, hoy me siento más estable y los vértigos se han mitigado.
Los acúfenos siguen ahí, parece que serán mis compañeros de viaje para el resto de mi vida, aunque procuro no hacerles mucho caso y empiezo a conseguirlo. Hay dos momentos en los que se hacen más presentes, uno de ellos es cuando estoy en un sitio con mucho ruido ya que noto chasquidos en el oído, como si fueran pequeñas explosiones o como cuando se escapa el aire de un globo, hace tsk, tsk… parece como si el oído quisiera oír pero distorsiona los sonidos captados provocando el acúfeno. El otro momento es cuando estoy en un sitio silencioso, de repente noto con más fuerza ese acúfeno constante que es como un zumbido de abeja ¡Bzzzz!, también parece una radio encendida que no encuentra emisora o como cuando la televisión busca de forma automática los canales mientras la pantalla está blanca con puntos negros parpadeantes.
A pesar de todo, ahora me siento capaz de trabajar, aún me siguen asustando algunas cosas de mi vuelta al trabajo, pero tendré que ir afrontándolas día a día. Lo positivo es que quedan dos meses para acabar el curso, así me incorporo poco a poco, para ver cómo me adapto a la nueva situación; sin tener todo el curso por delante, puesto que podría hacerse muy duro. Además, también me sirve para enfrentarme a mis temores laborales desde que estoy sorda, ya que si espero a septiembre son más meses de incertidumbre sobre cómo llevaré el trabajo en este estado.
Ya que queda poco tiempo de curso y mi hermana y mi cuñada viven cerca de Arcadia, he hablado con ellas y les parece bien que viva en su casa de lunes a viernes. Tienen una habitación de sobra en la que puedo dormir y así creo que puedo llevar mejor mi vuelta al mundo laboral.




Lunes, 15 de abril de 2013

Hoy es mi primer día de trabajo. No he dormido bien, porque estoy inquieta, me desperté varias veces durante la noche pensando que no iba a escuchar el despertador y eso que puse dos despertadores y la alarma del móvil. Estoy bastante cansada pero es la hora de levantarse y arrancar.
Allá voy un poco nerviosa pero animada por recuperar la normalidad de mi vida.
Llego al trabajo y al primero que veo es a Jacinto, aún recuerdo su nombre de los primeros días de curso que trabajé antes de quedarme sorda, con un Chupa Chups en la boca, a las nueve de la mañana.
Me llama mucho la atención si tengo en cuenta que Jacinto es bulboso, parece un racimo de uvas, redondito, redondito.
Le pregunto cómo puede estar tomando un caramelo a esas horas, por si no ha desayunado en su casa, ya que en los últimos años se ha extendido el abandono generalizado por la alimentación adecuada de los niños. Él me contesta que sí ha desayunado pero como los caramelos le gustan mucho se lo toma igual, sea la hora que sea.
Hace dos semanas pude leer en un periódico que la zona del norte ya está en el primer puesto del ranking mundial en obesidad infantil. Es asombroso pero cierto, ahora en las clases la mayoría de los niños tienen sobrepeso u obesidad, al revés de lo que pasaba cuando estudiaba yo en la escuela, que podía haber uno o dos niños gorditos. Hoy en día los niños comen muy mal y casi no hacen ejercicio físico, por lo que están en un estado de salud bastante lamentable. De hecho, dicen que serán las primeras generaciones que vivan menos que sus padres; su esperanza de vida será más corta, precisamente por estos motivos.
Soy consciente de que hay personas con problemas endocrinos que les provocan sobrepeso a pesar de tener una buena alimentación. No hablo de estos casos, me refiero a esa otra mayoría que tienen malos hábitos alimenticios que acaban viéndose reflejados en el empeoramiento de su salud.
El gobierno de turno tampoco lleva a cabo medidas reales para evitar el aumento de los índices de obesidad, como exigir a las familias responsabilidad en la educación y alimentación adecuada de sus hijos, o cuanto menos concienciarlas de su importancia. Todo aquello que implique una posible pérdida de votos no se hace. Prefieren tener a la gente cebada con comida basura, aletargada, como terneritos.
Por eso me da pena ver a tantos Jacintitos, niños bolita que no tienen la culpa de que sus padres no les cuiden como deben, comiendo a diario golosinas, refrescos y bollos, que les saturan la sangre de azúcar. Es como ver a un adicto, con su primera dosis del día.
Me viene a la mente la canción popular Whiskey before breakfast, que toca mi marido con la mandolina.




Lunes, 29 de abril de 2013

Llego a casa de mi hermana y mi cuñada después del trabajo, es lunes, me ha venido la regla y los chavales esta mañana estaban insoportables. En días así lo único que me apetece es meterme en la cama y echarme a llorar, de repente odio mi vida y mi trabajo con más fuerza, echo de menos a mi marido, siento que pierdo el tiempo aquí y mi vida se va por la borda, con la sensación de no hacer nada constructivo. Desde que estoy sorda los días bajos los llevo peor, los acúfenos empeoran, la tensión muscular tira de mis cervicales volviéndolas rígidas, dolorosas y el presagio de vértigos me asusta.
Me desmoraliza dar clase a jóvenes maleducados que te ignoran o te tratan con desconsideración. A veces me gusta imaginar que consigo cambiar las cosas como en la película Dangerous Minds, pero la realidad siempre supera a la ficción, como se suele decir. Además yo no soy Michelle Pfeiffer ni puedo dar patadas a mis alumnos.
La imaginación es lo que queda en estos momentos, me refugio en ella cuando me siento deprimida y mi vida parece displicente, rutinaria y sin sustancia.
Me duelen los ovarios y sólo quiero llorar. Me vuelve a la mente, como siempre, mi sueño perdido, pienso: «si hubiera luchado por ser actriz a lo mejor ahora sería más feliz». Vuelvo a caer en el mismo pensamiento erróneo que tanto me lastra, porque nunca hubiera llegado a ser actriz, entre otras cosas porque no soy ninguna belleza. Si tenemos en cuenta que en el mundo de la interpretación el aspecto va por delante y más si eres mujer, ya que es un mundo muy machista (bueno, en realidad como todos por desgracia), hubiera sido mi primer gran obstáculo. Por no hablar de los siguientes; que no actúo bien, que tengo una voz horrible, que soy una discapacitada, and so on. En fin, «una tiene que asumir sus limitaciones y superarlas, Nata», es lo que dice la voz de mi conciencia.




Viernes, 17 de mayo de 2013

Por fin viernes, voy a mi casa, tengo muchas ganas de ver a mi marido ya que llevo toda la semana fuera por culpa del trabajo. Normalmente estoy feliz porque empieza el fin de semana y eso significa disfrutar de mi propia vida. Aunque esta vez es una excepción, al día de hoy lo llamaré black friday y no precisamente porque me fuera de compras.

Por la mañana, un alumno incívico e iracundo se va del pabellón, en mitad de la clase, mientras grita amenazas hacia mi persona. Después, al final de la mañana, llamo a la veterinaria y me dice que mi perro Beato a lo mejor tiene cáncer de colon, por lo que hay que seguir con las pruebas médicas.
Más tarde decido ir al gimnasio. Necesito quemar mi ansiedad, canalizarla mediante el ejercicio físico, siempre me funciona. Durante el entrenamiento ya empiezo a sentirme mejor, cuando termino hago estiramientos musculares. Al mismo tiempo que mis extremidades se estiran, mi mente se flexibiliza, me relajo, respiro hondo, me emborracho de oxígeno; ya está, ahora hay que dejar a las endorfinas hacer su trabajo.
A la noche vuelve el desasosiego. No sé hacia donde voy, durante tantos años de oposición creía tener mi meta clara: aprobar para tener un buen trabajo y tiempo libre para hacer lo que realmente me gusta, hacer deporte, danza, escribir y meterme en un grupo de teatro. Pero, una vez alcanzado el objetivo, veo que las cosas no son tan fáciles. El trabajo me agota, además no me llena ni me siento útil. La educación física no la valora nadie, ni los alumnos ni mis compañeros de trabajo, ni la administración; todos creen que no sirve para nada, claro que esta es la visión de las personas más insanas y cerradas que suelo encontrarme.
«A la mierda» les diría yo.
Por otro lado, los malos modales de algunos alumnos y la ausencia de las normas básicas de convivencia hacen que el trabajo se convierta, la mayoría de las veces, en una pesadilla donde la hostilidad y la desconfianza son las protagonistas.
Por eso, un mal día en clase me genera una tensión y animadversión inimaginables. Llega un momento en el que, incluso, siento odio por todo el mundo; aunque sean desconocidos, odio hasta sus cuerpos que me repelen y evito el contacto físico. Ya sólo a nivel visual me provocan rechazo porque son un reflejo de su interior mezquino. Lo peor de todo es que esa tensión acumulada por aguantar día tras día a alumnos coléricos me pasa factura y acabo con dolor de estómago. Es lo que me faltaba, acabar dentro de unos años con una úlcera por culpa de unos energúmenos.
Ahora me doy cuenta de que todo aquello por lo que quería luchar y poner mi granito de arena para crear una sociedad más educada, justa y democrática se está viniendo abajo. Acabo las clases tan cansada de la tensión acumulada y de soportar faltas de respeto que a la tarde casi no tengo fuerzas para hacer nada más.
Soy capaz de pasarme horas mirando cómo las copas de los árboles bailan al ritmo del viento, ajenos a mi vida insignificante, con mi perro Beato sentado al lado, intentando dejar la mente en blanco, buscando la libertad desde la absoluta quietud de mi cuerpo, liberando el desasosiego, la frustración de los sueños no cumplidos y la falta de energía para perseguirlos.
 A menudo pienso que tardé tantos años en aprobar la oposición que ya empecé el trabajo cansada de luchar, hastiada por las dificultades de la vida. Me siento atrapada en una vida apática y, a veces, mediocre por las obligaciones que me impone el trabajo. En mi opinión, es evidente que el trabajo no te hace libre, sino que te esclaviza y te aprisiona. Te embrutece y te vacía hasta un punto en el que una no se reconoce.
No era esto lo que yo quería, pero trabajar con gente desgasta; sobre todo con alumnos que se resisten a aprender cosas nuevas, a abrir su mente, ignorando el futuro que les espera por delante a muchos de ellos. Un porvenir de esclavitud laboral nada envidiable.
No hay que olvidar que hoy en día aún existe la clase obrera y la clase media (en la cual me incluyo), aunque esta última está en vías de extinción, por el aumento de las desigualdades. Por mucho que se empeñen en hacernos creer que ya no hay distinción de clases sociales (para que no reclamemos nuestros derechos), ahí están, y ambas tienen una mala calidad de vida, trabajando para una clase rica y explotadora.
Habíamos avanzado bastante en derechos sociales hasta que empezó esta crisis que nos está retrotrayendo muchos años atrás y se está cargando el estado de bienestar.
No sé cómo evitar la frustración cuando alumnos irrespetuosos me impiden hacer bien mi trabajo. La psicóloga me dice que debo revisar mis objetivos, bajar el listón y ser más realista teniendo en cuenta el contexto marginal en el que tengo que trabajar.
Ahora entiendo cómo se sentiría Emily Brontë cuando empezó a trabajar como governess tratando de enseñar a niños malcriados y desdeñosos.
Siempre he considerado la educación como camino hacia la libertad y la conciencia de uno mismo en el mundo que habita, como un camino de respeto y tolerancia hacia los demás, hacia lo diferente.
Pero en la práctica, a menudo, estos valores se desvirtúan ante alumnos embrutecidos que no se plantean aprender a ser mejores personas, llenos de estereotipos que reproducen sin el más mínimo reparo. Alumnos a los que les espera un mañana incierto, en donde muchos serán carne de cañón para todo tipo de abusos laborales o personales, de los cuales, la mayor parte de las veces, no sabrán ni porqué les pasa.
Me gustaría hacer mi pequeña aportación, ayudar a crear un mundo mejor, pero la realidad me supera y me golpea con fuerza en todo el semblante, sólo soy un instrumento más del poder establecido, ni siquiera tengo libertad para determinar el currículo escolar, ni tienen en cuenta mi opinión sobre lo que me obligan a enseñar. Las profesoras y profesores somos marionetas, arrogantes en muchos casos creyendo lo contrario, pero títeres al fin y al cabo, cuyos hilos mueve el partido de cada gobierno diciéndonos lo que debemos transmitir.
Muchos alumnos no quieren aprender nada de lo que yo les pueda enseñar, creen que están de vuelta de todo. La mayoría no saben lo que he estudiado, ni cuántos años, ni cómo ni porqué; qué más da. Creen que la educación física, o «gimnasia» como le siguen llamando sin saber tampoco porqué, no hay que estudiarla; que lo puede dar cualquiera porque es una tontería en la que sólo se juega, como si el juego fuera algo banal e inútil.
Estoy cansada de pelear con molinos de viento, de nadar a contracorriente. Ya no me apetece intentar convencer a nadie de su error. Quizá la que se equivoca soy yo, por intentar que los demás entiendan la importancia de saber hacer ejercicio físico de forma adecuada y saludable, de insistir en los beneficios de la actividad deportiva no sólo a nivel físico y motor sino también a nivel psicológico y de mejora de los procesos mentales.
Me desesperan esas miradas incrédulas y contestaciones zafias a las que no me acostumbro, de obesos aletargados y flaquisgordis blandengues que sólo piensan en wasapear con su móvil de última generación, que no es precisamente barato, aunque luego digan que en sus casas no hay dinero para comer bien.
No olvido lo que me dijo la psicóloga, tengo presente sus palabras y como buena paciente empiezo a rebajar mis objetivos profesionales y mis expectativas. Respiro hondo y cuento hasta diez antes de enfadarme con un alumno maleducado que me falta el respeto, e incluso se lo falta a sí mismo.
Al final del día, sigo tomando valeriana antes de dormir, a ver si me relajo y me vuelve el amor por las personas y sus cuerpos.




Sábado, 18 de mayo de 2013

Después de la semana que he tenido, dedico el día de hoy a descansar y recuperarme, necesito recargar pilas para volver al trabajo el lunes.
Hay tres cosas además del alcohol que me ayudan en la búsqueda de la ansiada evasión cuando estoy tensa: son el cine, el deporte y el sexo.

El cine nunca falla, a menos que la película sea malísima, me meto tanto en el argumento que consigo olvidarme de las preocupaciones de ese día, entro en un estado que parezco abducida. Durante dos horas olvido que estoy sorda, a pesar de la audición monoaural. Una vez terminada la película el efecto aún me dura unas horas más, ya que estoy analizándola y repasándola en mi cabeza para entender la historia en profundidad. Siempre saco algo, una reflexión sobre una escena, una mirada, un gesto, detalles que comento con mi marido y nos sirve para hablar de otras cosas fuera de la rutina.
A los doce años descubrí Dirty Dancing, mi película de la pubertad, creo que sigue siendo la cinta que más veces he visto y aún recuerdo parte de sus diálogos; bueno, no soy la única, todo el mundo se acordará de «no dejaré que nadie te arrincone», porque incluso el American Film Institute incluyó esta frase en 2005 dentro de la lista de las cien mejores frases del cine norteamericano. Me quedaba embobada viendo bailar a Patrick Swayze y a Jennifer Grey.
Ese mismo año vi la bonita historia, convertida ahora en película de culto, de La Princesa Prometida con la siempre impresionante Robin Wright en su papel de Buttercup y los divertidos personajes que la acompañan como Westley, enamorado de ella que contesta a todos sus requerimientos con la expresión «como desees», o Íñigo Montoya y su legendaria frase de venganza «hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir», wow!
Que recuerdos más buenos me traen estas películas, me resultaba fascinante ver la interpretación de los actores y las historias que contaban. Me parecía tan mágico y especial, conseguir crear ese mundo paralelo de imaginación en el que yo entraba encantada para observarlo todo al detalle y disfrutarlo al máximo. Lo gozaba de tal forma que cuando salía del cine me daba bajón por tener que volver a mi aburrida realidad.
Al año siguiente vi Las Amistades Peligrosas del director Stephen Frears, con Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer y unos jovencísimos Uma Thurman y Keanu Reeves. Me fascinó, a partir de ese momento supe que quería ser actriz y supe también que nunca lo sería.
Intenté meterme en una actividad de teatro que iba a empezar en la escuela, llegó a haber dos ensayos, mi frase en la obra era: «¿he perdido mi cartera, alguien ha encontrado mi cartera?», pero el profesor que lo impartía tuvo que dejarlo y nadie continuó con la obra. Por aquel entonces en mi ciudad no había ningún sitio donde pudiera hacer teatro. Más tarde, en el instituto el panorama seguía igual, con lo cual me conformaba con ir al cine siempre que podía, la mayor parte de las veces incluso iba sola, para disfrutar de la película a mi manera, sin que nadie me distrajera. Además, al salir del cine me gustaba pensar en la historia que acababa de ver y hablar sobre ella, como ahora, y eso a mucha gente le molestaba. Por eso prefería ir en soledad, para absorber la película como una esponja y empaparme de esa magia. Una vez apagaban las luces de la sala, me mimetizaba en el patio de butacas, dejaba de ser yo para convertirme en un ente sensorial, donde cada emoción cobraba vida propia. Con una intensidad inimaginable lloraba, reía o me retorcía según la historia que contara la película.
Por otro lado, algo que aún me molesta son esas personas que salen del cine y se ponen a otra cosa como si nada. Parecen muros infranqueables, que nada les hace reflexionar.  
Después, en la facultad, también hice un intento de meterme en el grupo de teatro universitario, fui al casting y me cogieron, pero desgraciadamente sólo pude ir a dos o tres ensayos antes de dejarlo, porque me coincidían las horas con clases de la carrera. Durante esos años sólo pude participar en un par de cursillos universitarios sobre interpretación.
Por último, un año, mientras preparaba las oposiciones, decidí asistir durante quince días a un curso de teatro en Madrid. Fue en una prestigiosa academia de interpretación y guardo un recuerdo maravilloso de aquellos días, con un profundo sentimiento de libertad sólo comparable a los momentos en los que corres, bailas o cantas, que sacas a relucir lo mejor de tu interior y te sientes fluir.
El tiempo me ha dado la razón, la intuición que tuve a los trece años se ha confirmado como una visión profética, no soy actriz y dudo mucho que a mis treinta y cuatro años lo llegue a ser, pero esto es algo que ya tengo asumido, de la misma forma que soy consciente de que el tiempo nos pone a cada una en su lugar.

En cuanto al deporte, tengo que decir que es mi verdadera válvula de escape. Como ya he dicho en numerosas ocasiones no podría vivir sin hacer algún tipo de ejercicio físico. En los últimos años lo que más practico es la resistencia y la velocidad mediante carrera continua, series y ejercicios de coordinación, la fuerza a través de las pesas, y la flexibilidad con estiramientos en el gimnasio. De esta forma consigues un desarrollo armónico de tu organismo y de tu condición física, ya que trabajas todas las capacidades físicas básicas.
Recientemente, la carrera (ahora le llaman running, ya que parece más chic) se ha puesto de moda y mucha gente va a correr y se apunta a maratones, incluidas un gran número de mujeres que antes no solían correr. Esto es lo que más valoro, ya que las mujeres aún tenemos que pelear por hacernos un hueco en un mundo que sigue dominado por los hombres.
Respecto a las pesas, por desgracia, es terreno vedado virtualmente para las mujeres. Ninguna ley prohíbe a una mujer hacer pesas, pero la realidad es que apenas trabajan su fuerza, lo que provoca un desarrollo desequilibrado de su condición física, así como un aspecto corporal fofo y blandengue. Con los años esta debilidad muscular se traduce en problemas de estabilidad corporal y de mantenimiento de una postura adecuada, dolores de espalda y limitación del movimiento. En definitiva, una mala calidad de vida.
Es lamentable que los estereotipos de género sigan tan marcados en cuanto al desarrollo de la fuerza. Mucha gente sigue teniendo la falsa creencia de que esta capacidad sólo la deben desarrollar los hombres, que las mujeres que hacemos fuerza somos marimachos y estupideces por el estilo. Esta actitud cerril hace que dichas personas se sorprendan al verme en el gimnasio haciendo pesas, pero a mí me da igual lo que piensen porque me siento orgullosa de no dejarme amedrentar por sus prejuicios. Soy libre para desarrollarme de forma integral y equilibrada, los límites los pone mi cuerpo no los clichés de individuos cerrados de mollera.
Para mí la importancia del deporte radica en el movimiento de una misma, en los beneficios y los valores que el ejercicio físico reporta a la persona. Hay quien se evade viendo deporte en la televisión, bueno dejémoslo en ver fútbol, que es la obsesión nacional. El fútbol representa el más claro ejemplo de neurosis colectiva que jamás haya conocido. Odio el fútbol como negocio y todo lo que lo rodea.
Ahora, en plena crisis, igual que en la época de decadencia del Imperio Romano usaban el circo para tener tranquila a la población, ocultarle hechos controvertidos y subir o mantenerse en el poder, el gobierno usa el fútbol de la misma manera, llegando incluso a echarlo en la televisión todos los días de la semana. Por su parte, la gente enfebrecida y fuera de sí, es capaz de pelearse con el vecino si es de otro equipo diferente al suyo, o te insultan si tienes la desgracia de entrenar a su hijo en la actividad extraescolar de fútbol. No conocen el nombre de las más famosas escritoras y escritores contemporáneos, pero se saben de memoria los nombres de los jugadores de su equipo preferido; y lo que es aún peor, desconocen todas y cada una de las medidas de recorte que el gobierno está llevando a cabo y que afectarán a sus vidas y a las de sus hijos, pero como contestan ellos mismos «ojos que no ven corazón que no siente».
Me viene a la cabeza aquello que decía mi profesor de literatura en C.O.U. «la ignorancia es atrevida».
Pienso que si toda esa gente que llena estadios de fútbol se uniera para reclamar sus derechos como ciudadanos libres y comprometidos con la sociedad en la que viven, las cosas irían mejor. Aunque soy consciente de que es una utopía pensar así, porque si estamos en crisis es, precisamente, por la complacencia de unos y la despolitización de otros, que permiten que se mantengan en el poder personas corruptas que establecen sus redes de influencia, que generan caciquismo y grandes desigualdades en la sociedad.
Somos un país atrasado, conservador, herederos de un sistema dictatorial, donde hay muchos intereses de la aristocracia, a la que no le interesa que la población sea más democrática y se implique más en las decisiones políticas. Porque si esto pasara habría que llevar a cabo un proceso de regeneración democrática donde no cabrían muchas de estas personas de las capas altas, que se creen los amos del país.
Volviendo al tema, cuando alguien me pregunta de qué equipo soy o si vi el partido del día anterior me pone mala. Contesto, en tono agresivo, que no me gusta el fútbol y nunca lo veo. Así consigo que no vuelvan a sacarme el tema, eso sí, después de mirarme con cara de bicho raro y sin atreverse a preguntarme cómo a una profesora de educación física no le gusta el fútbol.

En la carrera, mientras cursaba la asignatura de fútbol, me gustaba jugarlo, a pesar de que en muchas clases tenía que salir corriendo al vestuario antes de que acabara la sesión por algún problema o discusión con los chicos que no pasaban el balón a las chicas, yo incluida, o por la agresividad física y verbal con la que jugaban. Me hacían sentir fatal y acababa llorando en el vestuario para que no me vieran.
El fútbol representa toda una serie de valores negativos que no comparto. El fútbol transmite machismo, violencia, fanatismo, falta de respeto al contrario, búsqueda desmedida del triunfo, mal perder, juego sucio, pérdida de la individualidad bajo la influencia descerebrada del grupo; y por último, transmite como algo normal y lógico que unos jugadores que corren detrás de una pelota para golpearla con el pie deben cobrar unos sueldos multimillonarios, aunque sean analfabetos. Mientras cobre más un futbolista que un científico o una científica, seguiremos viviendo en un país mediocre.   
Para mí el deporte, debe ser la base para una construcción de la personalidad más justa y equilibrada, adquiriendo valores positivos como el feminismo, la tolerancia, el respeto, el fair play, el buen perder, el compañerismo, la perseverancia. En resumen, conseguir ser mejor persona.

El tercer tema que me interesa y me ayuda a sentirme mejor, es el sexo. Siempre sentí cierta fascinación por las sensaciones placenteras que me proporcionaba mi cuerpo. Desde la adolescencia aprendí a masturbarme y a disfrutar de ello. Ya sé que no encaja mucho con el estereotipo femenino, pero también sé que los estereotipos son muy negativos para el desarrollo personal y no me interesa encajar en un estereotipo castrante que te impide disfrutar de la vida con plenitud. Como decía Virginia Woolf en su libro Una habitación propia: «es nefasto ser simple y puramente hombre o mujer: deberíamos ser mujeres-masculinas u hombres-femeninos», en esa búsqueda de la mente andrógina.
En cuanto a la relación de pareja, a veces ha salido la conversación sobre las limitaciones de la monogamia, de las ganas de acostarte con otra gente sin hacer daño a tu pareja ni a terceras personas, pero por ahora no hemos encontrado la fórmula que nos permita hacerlo sin sentirnos mal. Por eso acabas desarrollando en mayor medida un mundo variado de fantasías.
Una de las que más me gustan, es bastante común pero tengo que reconocer que no soy muy original. Entro en un confesionario, una atea como yo, una virgen espiritual y pido confesarme con un cura que vi al entrar, joven (vamos, de mi edad) y guapo, desaprovechado, recién salido del seminario y salido también por el vigor de su actividad, puesto que está todo el día escuchando las confesiones guarras de la gente. Empiezo el dirty talk, le cuento lo excitante que me resulta meterme una esponja en la boca mientras me ducho. A continuación, el cura cachondo se levanta y entra en mi zona del confesionario, se quita la camisa dejándose puesto el alzacuellos de una forma muy sexy, mostrándome su torso de gimnasio, se acerca a mi cuello con suavidad y lo besa subiendo hacia la oreja, después me levanta en el aire para hacer el amor de pie, ya que en el pequeño espacio en el que estamos no se puede hacer de otra manera. Mejor, así me encanta. Nadie debe oírnos en la iglesia profanada. Finalmente, desvirgamos simultáneamente mi alma y su cuerpo.
Creo que a Sade le encantaría esta puesta en escena. Si se levantara de su tumba se decepcionaría al ver ahora, tres siglos después de su vida, cómo la humanidad sigue abducida por las doctrinas y la tremenda cantidad de gente que sigue muriendo en nombre de alguna religión. Lamentablemente, el avance de nuestra sociedad queda reducido a la tecnología, pero a nivel humano estamos muy lejos de una meta noble y el uso atroz que hacemos de esa tecnología, nos convierte en seres abyectos.




Sábado, 25 de mayo de 2013

El final de curso siempre es tenso, se acumula cansancio y las semanas parecen eternas. Este año, aunque estuve casi todo el curso de baja y se supone que debería estar más descansada, tampoco lo llevo bien porque me he quedado lisiada y todas las mañanas al despertarme es lo primero que pienso.
Siento que hay gente que no me entiende, por ejemplo en el trabajo, que minimizan lo que me ha pasado, como si no fuera para tanto, que al fin y al cabo hay mucha gente sorda o con problemas de oído y que yo exagero. Pero esa gente no se pone en mi lugar ni se para a pensar lo que supone que te pase algo así de forma súbita, no es que fuera perdiendo el oído progresivamente y me fuera acostumbrando por el camino, es que fue de la noche a la mañana, literalmente, con el shock que eso conlleva.
Con todo, tengo que decir que a lo largo de estos meses también estoy aprendiendo muchas cosas, la mayoría de ellas dolorosas, sin lugar a dudas, pero otras son positivas. Si pienso en las personas que me rodean, estoy descubriendo que están las que sacan lo mejor de sí mismas para apoyarme de forma incondicional, y por otro lado están las que sacan lo peor de sí mismas para mostrarme su verdadera cara y desaparecer, esa cara que mantuvieron oculta hasta este momento en el que no saben o no quieren estar a la altura de las circunstancias.
No hace falta recordar quienes son unas personas y otras, ellas lo saben.
A menudo me siento sola, por esos desencuentros con personas en las que confiaba y que me han dejado en la estacada. Me siento traicionada, resentida y abandonada como Ariadna en la playa de Día, después de ayudar a Teseo a escapar del laberinto que había mandado construir Minos para encerrar al monstruo híbrido.
No sé cómo superar el dolor que esto me provoca.
Me he quedado tan decepcionada que no tengo ganas de relacionarme y ha provocado que no confíe en los demás. Por lo menos hay una buena noticia, Beato no tiene cáncer de colon.




Domingo, 26 de mayo de 2013

Las tardes de domingo siempre me han generado desasosiego, esa calma que precede a la tempestad del lunes me provoca malestar, un vacío existencial, en el que hago repaso de toda la semana y siento como si mi vida se escapara en un suspiro sin darme tiempo a disfrutarla. Luego, vuelta a empezar, de lunes a viernes el trabajo y sus ataduras me impide vivir con plenitud, es una montaña rusa de deberes y obligaciones que me va desgastando hasta dejarme la mente hueca.
Hace ciento treinta años Paul Lafargue hablaba del derecho a la pereza, más tarde Bertrand Russell en los años 30 del siglo pasado publicaba Elogio de la ociosidad. Me encantan las propuestas de estos autores.
Sinceramente, creo que el trabajo no dignifica a las personas, sino que son aquellas actividades que uno hace por placer y crecimiento personal las que enaltecen. Estoy a favor de una renta básica universal que permita a las personas vivir dignamente sin tener que trabajar si no quieren y poder desarrollar así sus intereses artísticos, culturales, deportivos o de cualquier otro tipo. Sería la cara más positiva del avance tecnológico, puesto que si ya existen máquinas que realizan la mayor parte del trabajo, el ser humano debería poder disfrutar de su vida con más tiempo libre y ocio de calidad. Como ya dije en alguna ocasión, yo sería de esas personas que si pudiera no trabajaría, disfrutaría mi vida plenamente sin las preocupaciones y el estrés que me genera el empleo. De hecho, a menudo me descubro fantaseando con esa situación, vacaciones todo el año sin apuros económicos, vida diletante. El paraíso en la tierra.
A pesar de todo, aquí estoy, no me queda más remedio que trabajar, por lo que busco incesantemente cómo soñar despierta. Para eso aprovecho los paseos con mi perro Beato, es fantástico verlo correr con las orejas de galleta aleteando como si fuera a despegar, el viento entrando por sus rizos, peinándolo con la velocidad de un secador de pelo, volteando y rebozándose en la arena de la playa como un jabalí con sus baños de barro. Después, se adentra en el mar, sólo un poquito, ya que el miedo a las olas supera al calor, se refresca en la orilla prudentemente y vuelve a la carrera con la boca abierta como si riera a carcajadas. Disfruta cada paseo como si fuera el primero y consigue sacarme una sonrisa. Me encanta verlo tan feliz y efusivo. Él siempre vive el presente y se conforma con poco. En cada salida me contagia esa plenitud diaria, en pequeñas dosis como gotas de un perfume caro que te echas en días especiales. 
Desde que estoy sorda no perdono ni un solo día la caminata con Beato, me limpia la cabeza y me oxigeno con el aire atlántico. Las playas de aguas tranquilas de la ría, salpicada de bateas que parecen la flota griega acercándose a Troya, son espectaculares. Si quieres más aventura vas a las playas de mar abierto donde el oleaje se libera de cualquier constricción geográfica y da rienda suelta a su fuerza, aquí los surfistas disfrutan de este vigor marino y vuelan sobre las olas al ritmo de gaviotas, cormoranes y ostreros. En otoño y en primavera, puedes observar aves pelágicas o de paso, que no se ven habitualmente el resto del año. En una ocasión vi un alcatraz precioso adentrándose en el mar, parecía Amelia Earhart en su último viaje a través del cielo oceánico, desapareciendo por la línea del horizonte.
Cuando llego a casa con Beato, le doy la comida y se echa a descansar. Una hora después, cuando está profundamente dormido, me encanta observarlo, es la pura imagen de la tranquilidad. Me transmite esa placidez que tanto necesito. Mientras lo contemplo pienso que no existe nada en el mundo con más sosiego que un perro durmiendo, ya que sólo consiguen adormecerse cuando se sienten seguros y relajados.
Los humanos deberíamos aprender más de los animales y quizá nos iría mejor.
    



Martes, 28 de mayo de 2013

Estoy en casa de mi hermana y su mujer cuando llama mi marido para decirme que hoy he recibido el certificado de discapacidad por correo postal. Le pido que abra el sobre para ver lo que dice: «grado de discapacidad 17%». Así, sin más.
Es increíble, estoy con sordera profunda en el oído izquierdo, es decir, pérdida auditiva del 100%, con daño vestibular que me provoca vértigos y la valoración se queda en un 17%. No es que quiera ser más discapacitada, pero es que la percepción de mi estado, la sensación de malestar que tengo y la dificultad para adaptarme a esta situación me parecen mucho mayores que un 17%.
Pero bueno, ellos se basan en unos baremos aprobados por ley y ya está, te fastidias. Seguro que el que ha hecho esas tablas graduales de lesiones no tiene ninguna discapacidad y no tiene ni la más mínima idea de lo que es vivir con una.
Es como si te dijeran: «mira estás sorda, pero no estás sorda; como tienes dos oídos apáñate con el otro». En la práctica soy discapacitada, me guste o no, vale; pero en la teoría, con sus cuadros y graduaciones, sólo soy semidiscapacitada. Un sinsentido.
Ni siquiera puedo participar en campeonatos deportivos para sordos, ya que no llego al 33% de discapacidad. Por lo tanto, aquí estoy en esta especie de limbo entre el mundo sonoro y el silente, atrapada en una nebulosa. Para los normales soy sorda, pero para los sordos soy normal.  
En cualquier caso lo voy a reclamar, a ver qué pasa.



Domingo, 23 de junio de 2013

El viernes por la noche acompañé a mi marido a una cena que daba uno de sus compañeros de trabajo, éramos unas ocho personas. Era la segunda vez que nos invitaba. La primera cena estuvo bien, bebimos, charlamos y nos divertimos. Pero en esta ocasión yo no disfruté nada, además de estar al día siguiente con resaca, cosa que odio.
El caso es que esa misma tarde mi marido y yo tuvimos varios roces, lo que provocó que fuera a la cena enfadada. A partir de ahí todo me sentó mal, sus bromas me resultaban de pésimo gusto, pues se burló de mi públicamente con una anécdota de mi padre que me dolió mucho, e incluso, empezó a tontear con una compañera delante de mis narices. Así, con este panorama, empecé a sentirme fatal, hasta el punto de terminar somatizándolo con cólicos y taquicardias.
El sábado estaba enfadada con él, pero no era capaz de decírselo abiertamente. Otra vez mis bloqueos emocionales me impedían sacar el tema; por no saber cómo empezar, por miedo a disparar sin ton ni son, por  miedo a equivocarme, a exagerar…Pero al mismo tiempo estaba de morros y casi no le hablaba. Por eso decidí escribir cómo me sentía, para ver si así me aclaraba y cogía fuerzas para hablar. El caso es que el sábado por la noche después de escribir tampoco me atreví a sacar el tema.
Esta mañana, mi marido leyó la libreta mientras yo paseaba con Beato y cuando llegué a casa me lo dijo. Hablamos y aclaramos los malos rollos, pero me molesta que censure mis sentimientos, que los niegue, por eso me cuesta tanto hablar. Me pide que le acompañe a cenar con sus compañeras de trabajo, cuando sabe que, generalmente, me aburro y que, además, no me hace ni caso y si le digo que no voy, le parece mal. Total, que la única cena a la que yo quería ir, que fue previa a nuestra boda en 2009, fue él el que no quiso que lo acompañara y me dolió que me dejara de lado en ese momento. Y ahora hace este tipo de cosas. No pienso volver a ninguna de sus cenas.
No me importa que mi marido se sienta atraído por otras mujeres, creo que es normal que nos gusten otras personas, yo también me siento atraída por otros hombres. No creo que sea bueno ocultar esos sentimientos, porque están ahí y son reales. Lo que no me gusta es estar con un grupo de gente y tener la sensación de que mi marido está ligando con otra mujer delante de mí, me hace sentir mal, menospreciada. Por lo menos, que lo haga cuando no estoy yo delante. Estoy sorda pero no ciega.




Viernes, 28 de junio de 2013

Esta mañana ha llegado la resolución a la reclamación que hice de la minusvalía: 17%, es decir, lo mismo. No hicieron ni caso a mis alegaciones, pasaron de mí ampliamente, ni siquiera me puntuaron los acúfenos. Para eso me pasé un día entero redactando la solicitud de revisión. Perdí el tiempo. Sigo semisorda y semiminusválida.
Para rematar el día, durante la siesta me pasó algo horrible, ya me había pasado antes en dos o tres ocasiones y aunque fue hace mucho tiempo lo recuerdo vívidamente por lo desagradable que es. Estoy en duermevela, con la sensación de estar despierta, lo oigo todo y cuando intento hablar o moverme no lo consigo, estoy paralizada, no me sale la voz, grito con todas mis fuerzas pero estoy muda. Es muy angustioso, estoy atrapada en mi propio cuerpo que no responde, envío la orden al cerebro y soy consciente de que lo intento, pero no hay respuesta motriz. Sigo gritando sin conseguirlo, hasta que al final me sale un hilillo de voz que oye mi marido y me ayuda a despertar.
Con la angustia no puedo seguir durmiendo, me levanto de la cama y mientras me tomo un té busco en Internet algo que me explique lo que me acaba de pasar. Curiosamente, encuentro un artículo que habla de algo llamado parálisis del sueño, que describe al detalle todo lo que experimenté. También explica cómo suele suceder en momentos de estrés.
Vale, todo encaja, final de curso, mucho trabajo, cansancio, prisas…cortocircuito. No, si al final va a resultar que el cuerpo es muy sabio, él necesita descansar pero si mi cabeza no le deja,  se carga los fusibles y ahí me quedo fundida.




Lunes, 01 de julio de 2013

He conseguido terminar el curso sordita y aún estoy viva, no está mal. Ahora que tengo más tiempo para mí, me doy cuenta de que llevo unos diez meses sin entrar en las redes sociales. Cuando me quedé sorda lo colgué en la única red social que estoy, para advertir a la gente que conozco de lo que es la sordera súbita, por si a alguien le pasaba lo mismo que pudiera actuar más rápido de lo que reaccioné yo y que así pudiera tener más posibilidades de recuperación.
El resultado fue que sólo un par de personas me mandaron un mensaje de ánimo, y eso que tengo como amigos a gente que conozco de la vida real, unos treinta o así, es decir, que no soy de esas personas que tienen mil amigos en las redes pero que luego no conocen ni a la mitad. Este hecho también me dolió mucho, que algunas personas a las que tenía aprecio no tuvieran ni el más mínimo detalle de apoyo, me pareció tan mal que decidí no entrar en las redes durante un tiempo y hasta hoy.
Las redes sociales tienen una doble cara. Por un lado creo que pueden ser muy útiles para dar a conocer noticias importantes que nos afectan a todos, reunir firmas de apoyo para causas justas y luchar por un mundo mejor.
Pero por otro lado, su cruz, creo que es la de dar rienda suelta a todas aquellas personas con afán exhibicionista. Tengo catalogados dos tipos de extrovertidos en las redes: están los físicos, que cuelgan fotos personales a todas horas, «aquí estoy metiendo el dedo en la nariz», «aquí estoy en la India, meditando», «aquí me rasco», yo, yo, yo, como si hubieran inventado el selfie. Eso sí, en todas las fotos salen con una sonrisa de oreja a oreja, como si su vida diaria fuera la hostia de divertida; claro, nadie pone una foto cuando está enfermo en la cama con fiebre, eso es muy feo.
Luego están los emocionales, que cuelgan pensamientos verbalizados. Supuestamente son reflexiones muy sesudas, sacadas de lo más profundo de su mente prodigiosa, que creen que han sido los primeros en pensarlo y tienen el impulso «altruista» de compartir con el mundo su sensibilidad extrema.
Unos y otros consiguen banalizarlo todo, convertir la vida en exhibicionismo barato, artificial, pasajero y frío. Sólo por sus quince segundos de gloria, porque en seguida viene uno detrás a colgar su paranoia.
No acabo de entender esa obsesión de tanta gente por aparentar tener una vida perfecta a través de las redes sociales, fingir felicidad permanente, como si no tuvieran los mismos problemas que el resto de los mortales. Me parece una actitud cínica, y sobre todo muy ególatra.
Aunque, por otro lado creo que es una muestra del grado de perturbación de la sociedad en la que vivimos. Estamos locos, tenemos miedo a desaparecer, miedo a sentirnos solos, miedo a que nos olviden y buscamos de forma compulsiva la forma de perdurar, de trascender. Por eso, Internet se ha convertido en un instrumento de exposición continua de millones de personas que habitamos el planeta, con la paradoja de obtener justamente lo contrario de lo que anhelamos; más soledad, más tristeza y más desasosiego. Porque la tecnología es un aislante humano, no da el calor de una caricia o de un abrazo, ni la emoción de una mirada cómplice, de una sonrisa o de un beso.




Viernes, 05 de julio de 2013

Vengo de la cita con la psicóloga. Todavía no hace mucho calor a pesar de estar en verano, algo bastante habitual en las ciudades del norte, aún así paseo despacio por la calle. Busco el camino más largo hasta la casa de mi madre y aprovecho para pensar. Observo los edificios con curiosidad, como si no fuera mi ciudad natal y no hubiera vivido aquí durante los primeros dieciocho años de mi vida. Disfruto con este ejercicio de reconocimiento, como si fuera una turista más.
Cuando me fui a estudiar la carrera ansiaba alejarme de todo esto, me tardaba que llegara el día para coger la maleta y vivir en otros lugares que idealizaba, me asfixiaba en esta pequeña ciudad, cuya imponente muralla representaba la imagen que tenía de la vida aquí, es decir, una vida cerrada, encorsetada. Los romanos construyeron, hace dos milenios, un muro defensivo cuadrangular de más de dos quilómetros que ha perdurado hasta la actualidad casi intacto. Lo que para ellos supuso un parapeto ante cualquier posible ataque, en mi adolescencia suponía una barrera infranqueable, una metáfora de cómo me sentía, aprisionada por los límites pétreos y húmedos de la muralla.
A día de hoy, después de dieciséis años dando tumbos y de haber vivido en diferentes ciudades y pueblos, veo mi ciudad con otros ojos. Los principales inconvenientes que le veo ahora mismo son el clima tan frío que tiene y, cómo no, la ausencia del mar; ya que una vez que te acostumbras a vivir en la costa, el océano se convierte en un catalizador de tus malos rollos.
Camino por la rúa Nova hasta la plaza del Campo, es la hora de los vinos y veo un ambiente distendido en las terrazas. Añoro esos momentos en los que quedaba con mis amigas para tomar algo y charlar de nuestras cosas, pero con los años cada una ha seguido su camino vital y en el fondo me siento desarraigada. Cuando te vas de tu ciudad se van rompiendo lazos que luego, con el tiempo, es difícil volver a unir.
Bajo a la catedral y veo un halcón peregrino en la cruz que hay sobre la espadaña, hace años que lo vio mi marido y desde entonces deben de llevar viviendo allí varias generaciones de halcones, ya que no creo que sean tan longevos.
De la plaza de Santa María subo a la plaza Mayor, es muy agradable pasear por el casco antiguo sin la preocupación ni el ruido de los coches. Todas las ciudades deberían de tener el centro peatonal, de esta forma mejoraría la calidad de vida enormemente.
Ya en la plaza Mayor me recreo con la tranquilidad que transmite. Lentamente voy hacia Campo Castillo, subo al adarve de la muralla, y allí está A Mosqueira, dos ventanas que miran al mundo y desde las cuales ahora veo el inmenso monumento que pisan mis pies. Siento melancolía y cierta nostalgia. Pienso cómo habría sido mi vida si nunca me hubiera ido.

Llevo mejor la sordera. La luz y el buen tiempo me ayudan. La psicóloga me dice que estoy mejor, que me ve bien, según ella he superado la mayoría de los temores que me llevaron a visitarla, que eran: miedo a la sordera, miedo a no habituarme a estar sorda, miedo a volver al trabajo, miedo a separarme de mi marido, siempre miedo. Pero no me siento como ella dice, me cuesta reconocer mis logros, parece que me aferro a los obstáculos que aún no he conseguido sobrepasar, sigo teniendo pavor a todo: miedo a las enfermedades, miedo a la muerte…
Siento que la psicóloga me abandona y me enfado interiormente (no me atrevo a decírselo), pero ella cree que me aferro a esa relación dependiente del paciente con su psicoterapeuta. Puede que tenga razón, pero como me he quedado sin amigas con las que hablar, ella es la única con la que puedo compartir mis inquietudes. A lo largo de estos meses la terapia psicológica ha sido el «hilo de Ariadna», la guía que me ha ayudado a encontrar el camino de retorno a la estabilidad emocional, dentro de los pasadizos enmarañados de mi mente. Por eso me asusta tanto que llegue a su fin, aún me siento insegura y temo volver a perderme con un simple chasquido de dedos.
Por otro lado, dicen que el tiempo lo cura todo. Eso espero, porque llevo diez meses sorda y aún no ha terminado mi odisea personal, mi viaje al fondo del rencor. Estoy muy, pero que muy cabreada. Siento una profunda cólera hacia aquellas personas que me han hecho daño en un momento tan frágil.
A mi mejor amiga, le diría ahora mismo que es una gilipollas de cuidado, que se mueve por impulsos de envidia, que es malintencionada. Deseo con toda mi alma que se vaya a tomar por culo, por imbécil. Es una analfabeta emocional y espero que se pudra en ese infierno en el que no creo. Desde allí podrá seguir hablando mal de las amigas a sus espaldas, tal como ha hecho conmigo como mal bicho que es.
Y es que cuando pienso en ella sale mi lado más barriobajero, porque cuando soy buena, soy buena; pero cuando soy mala, soy mucho mejor, ya lo decía Mae West. 
Resulta que hoy, después de tantos meses sin saber de ella recibo un sms en el que me pregunta por el oído y me desea suerte. Empieza el mensaje: «ya sé que no quieres saber nada de mí, pero me gustaría saber qué tal estás» y me dice que no fue su intención empeorar mi estado de salud. Es curiosa la forma en que algunas personas piden disculpas sin pedirlas. En mi opinión las cosas no se hacen así. Si de verdad le hubiera importado nuestra amistad me habría llamado o habría venido a mi casa para hablar en persona y aclararlo todo. O quizá eso es lo que habría hecho yo si la hubiese cagado como ella.
Pero en el fondo, yo le importaba menos que cero, ya que era la segunda vez en dos años que actuaba de la misma manera.
Ahora, después de todo lo que pasó, parece que quiere aplacar su mala conciencia por haberse comportado como una idiota monumental. Y lo hace a través de mensajes cutres, mostrando una humanidad fingida y un interés ficticio por mi salud. Lo siento, pero no me lo trago. Además, no quiero personas tóxicas cerca.
Hoy me paso lo políticamente correcto por el forro de mis bragas con regla, como haría el grupo Femen, porque estoy harta de la gente chunga. Aborrezco la crueldad y necesito gritar, insultar, como una catarsis real que me libere de toda esta bazofia acumulada. Porque tanto autocontrol no puede ser bueno, al final tiene que salir por algún sitio, y prefiero que salga así antes de que se me pase por la cabeza hacer  alguna locura o que me salga un cáncer por culpa de ser tan contenida.
Fui socorrista durante dos veranos (interminables, por cierto). Recuerdo el curso de preparación en el que nos enseñaron que si te caes en un remolino de agua, debes dejarte arrastrar hasta el fondo, para después impulsarte de forma enérgica fuera de la corriente, para salir del remolino. Pero es una técnica muy peligrosa porque si no sabes la causa del remolino, un hoyo, un desagüe, una cascada, etc, te puedes quedar atrapado en el fondo. Por suerte, nunca me vi en una situación así. A lo que voy, quizás con el rencor y la ira debo aplicar esta técnica, dejarme llevar hasta el abismo y luego impulsarme con fuerza para salir de él.




Lunes, 08 de julio de 2013

Hay días tontos que me levanto rara, por un mal sueño o un mal recuerdo del pasado. ¿Quién no se arrepiente de algo en su vida? No conozco a nadie, que no lamente una infidelidad, el abandono de un animal o algún otro acto deshonroso. Sin entrar ya en proyectos frustrados, sueños sin cumplir y decepciones varias. A medida que van pasando los años vamos acumulando manchas en nuestro currículum y lo único que podemos hacer es intentar no repetir los mismos errores, intentar ser mejores personas.
Estoy cansada de sentirme culpable por decisiones equivocadas del pasado. Hice daño a personas que quiero y a menudo me pesa en la mochila, pero soy imperfecta y estúpida, soy humana.
La noche pasada soñé que tenía cáncer, lo pasé muy mal ya que en el sueño me decían que me tenían que operar y quitar todos los ganglios del cuerpo, yo estaba cagada de miedo pensando en mi sistema linfático y en las secuelas de semejante operación. Por la mañana, al despertarme se lo conté a mi marido y él me dijo que había soñado que estaba en una ciudad observando un halcón peregrino cuyo nido estaba en lo alto de un edificio y que se sentía muy solo. Cuando escuché su sueño me quedé muy impactada, disimulé como pude y me levanté rápido de la cama para desayunar, pero me sentí como si nuestros sueños se hubieran entremezclado y fueran la premonición de algo horrible que estaba por pasar. Esa aprensión me acompañó todo el día que tenía por delante.
Cuando me entran este tipo de angustias estoy muy sensible ante todo, pienso que voy a morir pronto y parece que me ahogo, que no puedo respirar. De repente, es la última vez que hago cada cosa, y hasta la más mínima acción toma un sentido trascendental; pienso que será el último desayuno que voy a saborear, el último paseo con mi perro Beato o el último día de amor.
Así, inevitablemente, lo vivo todo con una intensidad que quema.
Ya sé que son absurdas supersticiones, pero mi mente va por libre y me cuesta muchísimo contralarla cuando entra en barrena. Se desata el Minotauro de la celda mental donde lo retengo y me persigue furibundo con sed de nuevas angustias.
Hoy tengo cáncer de huesos porque me duele una cadera, mañana si me veo un sarpullido tendré cáncer de piel o si me sale un moratón pensaré en leucemia y pasado mañana cuando me duela la cabeza volveré a pensar que tengo un tumor cerebral que no detectaron los médicos. Siempre estoy en estadio terminal de alguna enfermedad letal, por eso si me veo con cierta energía o brillo en la cara pienso que es «la mejoría de la muerte» y que en cualquier momento caeré desplomada, sin tiempo para despedirme siquiera. Entonces mi alma se desdoblará de mi cuerpo y lo veré desde el aire ahí tirado, inerte. Me joderá haber acertado y no haber aprovechado mi vida para amar más intensamente, para ser más benévola conmigo misma, para decir más palabras hermosas, para reír y para bailar.
A veces pienso que la hipocondría no tiene cura, llevo tantos años con este problema, que no sé que hacer. Lo hablé con la psicóloga en varias ocasiones, pero ella no le dio excesiva importancia; no sé por qué, ya que le conté situaciones muy fuertes, como cuando creía que tenía acromegalia. Me miró con ojos bizcos en simpática broma, y me dijo que procurara no mirar información de enfermedades raras en Internet ni ir al médico al mínimo síntoma de algo. Intento hacerle caso, pero es algo cíclico, en otoño y primavera me dan bajones con este tema y me obsesiono con alguna patología. Una vez que paso el mal trago, me quedo tranquila una temporada hasta la siguiente.
Por lo menos, ya no lo hablo con mi familia para evitar escuchar comentarios que me hacen daño, del estilo: «¡eres una hipocondríaca!». Vale, menuda novedad, «me has ayudado mucho» suelo contestar.




Jueves, 01 de agosto de 2013

Vacaciones, por fin. Si no fuera por ellas, no aguantaría mucho en este trabajo. Creo que ya lo habría dejado o estaría como una cabra, aunque reconozco que voy encaminada hacia eso.
Estoy muy cansada del machismo de algunos alumnos maleducados, adolescentes que creen saber más de deporte que yo, tan sólo por el hecho de ser hombres. Lo curioso es que los estudiantes que más cuestionan mi trabajo son aquellos que se portan fatal, que no atienden a las explicaciones porque no creen que les pueda aportar nada una mujer, que repiten curso y se las dan de sabelotodo. Es muy triste trabajar en un ambiente así. Por todo esto y más, me merezco unas buenas vacaciones y a quien le parezcan excesivas le intercambio el trabajo dos días para que sepa lo que significa ser profesora hoy en día.   
Así que, ya puedo decir satisfecha que llega el momento del placer y la diversión. Estoy aprendiendo a disfrutar de la vida a pesar de seguir semisorda.
Hoy es el primer día que parece realmente verano, ha salido el sol y hace calor.
Me cambio la ropa y me pongo las zapatillas para ir a correr. Últimamente tengo el pelo largo, me llega hasta el ángulo inferior de las escápulas, por lo tanto lo recojo en una coleta y allá voy.
Enfilo la carretera boscosa, con sus bajadas y subidas disfruto de la naturaleza en soledad, escucho a los pájaros que beben en el río y vuelan de árbol en árbol: verdecillos, lavanderas blancas, mirlos, colirrojos. También escucho el río que baja con fuerza de la montaña con el agua gélida del deshielo, a veces, incluso me engaña y pienso que viene un coche o un oso.
Voy con los sentidos que me quedan al cien por cien, noto la coleta como se mueve a un lado y otro de mi cabeza con cada paso de la carrera y me acaricia las orejas alternativamente. Cuando el pelo toca la oreja derecha oigo el suave sonido del roce con toda claridad. El cabello sigue su vaivén mudo hacia la izquierda, recordándome con cada coletazo que me falta algo. Y en ese vacío ha campado a sus anchas un silencio ruidoso, los acúfenos. Sigo corriendo para escapar del desasosiego.
A los quince minutos doy la vuelta para hacer en total media hora de carrera. Ya voy más cansada cuando empiezo una subida larga, sopla un poco el viento moviendo las copas de los árboles que flanquean la carretera, parece que me aclaman al pasar y me siento como si estuviera subiendo el Tourmalet en el Tour de Francia. Me río sola mientras sigo avanzando. Aquí formo parte de algo, soy naturaleza misma, soy un animal libre.
Después de los estiramientos musculares me doy una ducha y ya estoy lista para ir a tomar unas cañas. Esto es la felicidad.




Lunes, 05 de agosto de 2013

Poco a poco empiezo a ser capaz de bromear con la sordera, con frases como: «me acosté del lado equivocado», o «ponte aquí, a mi izquierda, así no te oigo» cuando me canso de las tonterías de alguien. Aunque tampoco me quiero confiar, porque según el día que tenga y quien sea el que se burla me puede sentar fatal. La gente mezquina me repatea y si van en plan mordaz me pongo a la defensiva.
Por otro lado, si me pongo a pensar en toda la gente que me parece desagradable haría una lista interminable, desde los cazurros hasta los listillos pasando por los que se declaran apolíticos. Algo que no acabo de entender, porque creo que es un concepto que no existe. Nadie puede ser ajeno a la política, ya que nadie es ajeno a su propia vida. La política decide todo lo que nos rodea a través de leyes, sobre cómo podemos vivir, las oportunidades que nos ofrece el sistema, el trabajo, el ocio, etc.
Además, todos hacemos política de una manera u otra, con nuestros actos, nuestro estilo de vida y nuestra forma de trabajar, aunque no seamos conscientes de ello. Incluso aquellos que deciden no votar en las elecciones están haciendo política y si no queremos que nos manipulen como está pasando ahora en plena crisis económica y social, la ciudadanía debe de tomar las riendas de la democracia y votar en conciencia a aquellas personas honradas que nos pueden devolver el estado de bienestar. Porque si no el modelo neoliberal que nos quieren imponer acabará devorándonos.

                                                        


Jueves, 26 de septiembre de 2013

- Querida Azucena –le dijo-. Toda acción que realicemos repercute en el Cosmos. Sería una arrogancia tremenda pensar que uno es el todo y que puede hacer lo que se le venga en gana. Uno es el todo, pero es un todo que vibra con el Sol, con la Luna, con el viento, con el agua, con el fuego, con la tierra, con todo lo que se ve y lo que no se ve. Y así como lo que está afuera determina lo que somos, así también todo lo que pensamos y sentimos repercute en el exterior. Cuando una persona acumula en su interior odio, resentimiento, envidia, coraje, el aura que lo rodea se vuelve negra, densa, pesada. Al perder la posibilidad de captar la Luz Divina su energía personal baja y, lógicamente, la que lo rodea también. Para aumentar su nivel energético, y con él el nivel de vida, es necesario liberar esa energía negativa. […] El problema es que, según la Ley de Afinidad, al desplazar odio se recibe odio. La única solución es transmutar la energía del odio en amor antes que salga del cuerpo.
Laura Esquivel, La ley del amor

Ha pasado un año desde que perdí la audición del oído izquierdo, por lo que es mi primer aniversario en este estado. No me encuentro en condiciones de afirmar que estoy acostumbrada, a pesar de lo que dice la psicóloga. Ella cree que he conseguido el objetivo de retomar mi vida normal. Pero tengo que decir que por dentro no soy la misma que hace doce meses. Me levanto todas las mañanas de lado, como un barco a la deriva a punto de encallar. Los vértigos, el embotamiento y el sonido en mono están presentes en todo momento, los cuales me provocan una gran ansiedad como lava que avanza lentamente, sin retorno, por mi sistema nervioso abajo.
Aún creo que me voy a morir súbitamente, me angustia la idea de desaparecer, es tan absurda la muerte. Estás y de repente no estás. No me entra en la cabeza.
A pesar de sentirme así, finjo estar mejor, me esfuerzo por mostrarme alegre y fuerte, ya que no quiero preocupar a nadie, ni caer en una depresión. Al fin y al cabo, no es tan grave, ¿no? ¿Cuánta gente vive sin un oído? Pues mucha, la verdad.
Además, me estoy dando cuenta de algo que había escuchado en alguna ocasión y nunca me había creído mucho, y es que cuando te falta un sentido los demás se aguzan. Estoy comprobando que es cierto, e incluso me atrevería a decir que oigo mejor por el oído derecho que antes.
Por eso he decidido celebrar el entierro simbólico de mi oído caído, abandonar el luto y aceptarme como un ser mutilado. He comprado una botella de mi vino preferido.
Me dirijo a casa. Cuando llego, veo que mi marido está en el salón tocando la guitarra, después de tantos años aún no he conseguido que me dedique una canción, por eso cuando toca alguna que me gusta me la adjudico inmediatamente. Días después, cuando le pido que la vuelva a tocar se hace el despistado o me dice que ya no se acuerda porque era muy ñoña. Al final, se sale con la suya.
Descorcho la botella con cuidado, disfrutando del ritual. Sirvo dos copas, mientras mi marido pregunta qué celebramos. Me da la risa, brindo con él y le deseo buen viaje al oído muerto, cuya imagen parece alejarse flotando en el aire como una lámpara de papel, que sube y sube hasta desaparecer en un cielo nocturno lleno de estrellas.
Saboreo el oro rojo en éxtasis. Me siento feliz. Me siento viva.
Si ahora mismo se acabara el mundo podría decir que ha merecido la pena.
Suena el teléfono, es mi madre, está tomando un café. La saludo con la alegría que me está dando el vino, pero ella habla con voz trastornada. Le pregunto qué le pasa, ya que no entiendo esa actitud tan dramática. Se queda en silencio unos segundos al otro lado del teléfono, que parece una eternidad, hasta que le vuelvo a preguntar. En ese momento, me dice muy seria que está viendo en el periódico local la esquela de…
Me quedo muda, pálida, parezco una estatua. El primer pensamiento que cruza mi mente es la justicia cósmica, por esa rabia visceral que me acompaña desde hace un año.
Me avergüenzo de mí misma.
Intento retomar la conversación con mi madre, pero no lo consigo, con voz entrecortada me despido de ella y le digo que hablamos más tarde.
Cuelgo el teléfono.
No veo, no oigo, me desfiguro, tiemblo, siento las lágrimas que recorren mi rostro con violencia, surcando la piel como metralla punzante.
Ya nadie me puede parar.
Mi marido observa atónito la situación sin entender nada. Quiero explicarle lo que ha pasado, pero no consigo articular ni una sola palabra. Me coge de la mano para intentar relajarme y averiguar qué ha pasado, su cara muestra una evidente inquietud.
Tras la primera crisis de llanto, entre sollozos sólo puedo decir: «ha muerto, ha muerto».
¿Quién? — pregunta mi marido, casi chillando, entrando ya en un estado de verdosa turbación.
Mi mejor amiga…y no me dio tiempo… a perdonarla. Se fue… sin saber… que no le guardo rencor. —balbuceo desencajada.
Sigo llorando, desconsolada, mientras mi marido me abraza con una fuerza envolvente, como si quisiera recomponer con un solo gesto mis pedazos desperdigados por el suelo cual vitral hecho añicos.















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